Somos lo que consumimos: salud y estilos de vida en la era de las redes
Promoción y Prevención

Somos lo que consumimos: salud y estilos de vida en la era de las redes

Por: doctor Peter Vergara Ramírez – Especialista en cuidado intensivo, farmacología clínica y nutrición clínica, maestrante en medicina personalizada y farmacogenómica. Director del Comité de farmacología clínica AMCI. Intensivista y farmacólogo clínico de la Clínica Nueva.


Fuente: Órgano de información del Colegio Médico Colombiano. Epicrisis. Ed. Nº 41 (Septiembre-Noviembre 2026). ISSN: 2539-505X (En línea). #SaludDignaYA


La pandemia fue una línea divisoria que no fue delgada ni gris para muchas personas, instituciones, negocios y, obviamente, mucho menos para la salud. Reinventarse se volvió tendencia y realidad, con o sin éxito, con o sin fundamento.

En el campo de la salud, para el 2020 esa reinvención incluyó virtualizar la academia y la atención médica. La telemedicina logró llevar servicios a áreas donde el recurso físico tenía múltiples dificultades para materializarse. En estos años, la tecnología y la ampliación de las formas de transmitir información han tenido un auge colosal: prácticamente cualquier duda sobre salud tiene hoy una respuesta en internet o en redes sociales.

Estas últimas tienen tanta oferta como demanda cuando hablamos de salud o estilo de vida. La cantidad de expertos -formados, empíricos o autoproclamados- es extensa, y también lo es la diversidad de información que se encuentra sobre cualquier tema. Tanto, que en los comentarios (soy adicto a leerlos) aparece con frecuencia ese seguidor que queja porque uno dice una cosa y otro dice lo contrario, desconociendo que esta formación de entregar información no ubica en un punto donde una verdad absoluta es imposible de encontrar, porque cada tema se desborda desde un perfil distinto.

Como ejemplo, tenemos información sobre el manejo de la obesidad compartida por médicos, nutricionistas, chefs, entrenadores de gimnasio, amas de casa, pacientes y hasta emprendedores que venden cursos que son copia de algo que vieron en tendencia dentro de las estadísticas para creadores de contenido.

Así como es diversa la información lo son los riesgos. La automedicación -y ahora la autonutrición- basada en contenidos virales que se asumen útiles para todo el mundo abre una brecha de conductas y productos, en ocasiones innecesarios, para las personas: usuarios, seguidores, suscriptores o pacientes.

Dr. Peter Vergara Ramírez

Hay un nombre para este fenómeno. La Organización Mundial de la Salud lo llamó infodemia: una sobreabundancia de información -cierta y falsa- que dificulta que las personas encuentren fuentes confiables cuando más la necesitan. No es un problema menor ni pasajero; es el terreno en el que hoy se juega buena parte de la educación en salud.

Entrar a las redes abre un multiverso. Nos encontramos con la alimentación hiperprotéica por un lado y la hipocalórica, por otro. Aparece dentro de los hábitos saludables la necesidad de salir a correr. ¡No! Correr no, mejor bicicleta. ¡Bicicleta no! Mejor gimnasio pero con ejercicios de fuerza, porque ahora es tendencia aumentar la masa muscular. y con eso llega la obligación innecesaria de adicionarle un scoop de proteína a todo lo que se mueva. Dos minutos más tarde ¡No! Nada de eso sirve; lo que sirve son los sueros: vitaminados, detos, antiinflamatorios, etcétera.

Al lada de cada recomendación vienen sus consumibles: un par de tenis, la suscripción al gimnasio, la bicicleta, el entrenador personal, los productos mensuales, los batidos verdes, las batidoras, los termos y la maleta para los tuppers. Como su estuviéramos en nosedive, aquel capítulo de Black Mirror.

Quienes trabajamos en salud, con jornadas extensas que el promedio, ahora salimos a casa con dos maletas; la ropa de cambio, la de hacer deporte y toda la coreografía de termos y recipientes. Para algunos es lo mínimo necesario; para otros, una exageración. Lo cierto es que la industrialización y los costos nos han hecho creer que no existen opciones saludables fuera de casa, o que solo se consiguen en lugares especializados, lo cual es apenas una verdad a medias.

El riesgo deja de ser abstracto cuando llega a la consulta presencial el paciente que suspende sus medicamentos y su enfermedad se descompensa, cuando hay efectos tóxicos o infecciones asociadas a los sueros deterioro renal por aumento en el consumo de proteína, estos son solo algunos de los riesgos, no son hipótesis: son consultas reales. Ahí es donde el contenido viral cobra su factura.

Dentro del contenido que consumo sobre salud y estilos de vida -aclarando que consumirlo, en mi caso, no es sinónimo de darlo por hecho ni de aplicarlo- me he encontrado:

Médicos hablando en términos médicos dirigidos a pacientes. En ocasiones he pensado “he tenido estudiantes a quienes les costaría entender esto; me voy a los comentarios y, ¡oh sorpresa!, todo el mundo entendió.

  • Médicos hablando mal de lo que dicen otros médicos.
  • Personal no médico hablando mal de los médicos.
  • Cualquier persona armando un top de alimentos “recomendables” de un supermercado.
  • Personas pesando con su gramera lo que consume en casa o restaurante.
  • Personas que dicen: “Yo fui paciente, ningún médico le dio con el chiste, entonces me dediqué a leer, me automediqué, me curé y ahora comercializo este gran descubrimiento”.

Todo este contenido tiene algo de aprobación y algo de reproche, según la perspectiva.

Sería injusto pintarlo todo de negro. Las redes también democratizaron el acceso a información que antes vivía encerrada en aulas y consultorios; bien usadas, acercan hábitos saludables a quien nunca pisaría una consulta y pueden ser una puerta legítima a la alfabetización en salud. El problema no es el medio, sino la ausencia de filtros sobre quien y cómo produce.

En mis redes (instagram) hay de todo: publicaciones divertidas -divertidas para mí-, algo de contenido académico (farmacología, cuidado intensivo, nutrición) y muy poco de mi vida personal. Analizando su impacto, he concluido que la gente no entra primero a las redes para educarse, lo cual me parece bien, porque aún no creo que sea el medio ideal para ese fin: falta regular mucho más el quién y el qué del contenido. Detrás del lente que graba hay una responsabilidad moral, y quien consume puede ignorarla. Juzgamos al adolescente que sigue un reto viral que atenta contra su salud, pero aplaudimos a quien sigue un contenido viral “saludable” sin haber consultado a un experto formado sobre si esa conducta le conviene a él en particular.

Sobre la información médica que se comparte -un artículo científico, por ejemplo-, conviene recordar que casi siempre recibimos una parte del estudio, y que esa interpretación puede ser adecuada pero limitada. Quien lo comparte nos invita a leer el documento completo para entenderlo mejor, no evitarnos la fatiga -como Jaimito el cartero- de leerlo.

Si algo puede pedirse a quienes creamos contenido es: citar la fuente, distinguir con claridad cuándo hablamos de evidencia y cuándo de opinión, resistir la tentación del titular absoluto y recordar que un caso propio no es una recomendación universal. No es censura; es higiene informativa.

No queremos convertirnos o sentir que estamos ante ese personaje de la canción de Arjona “gritas”, donde vale más la cantidad que la calidad de información, vale más ser tendencia que trascendencia. Ahora el éxito y la calidad se mide con miles o millones de vistas y likes; si ese será el medio para que las personas con alta experiencia y conocimiento hagan llegar la información a los demás, solamente el tiempo lo dirá (un tiempo corto creo yo).

Este escrito no es una crítica ni una aprobación. Es un llamado a creadores y consumidores -me considero de ambos- a tener siempre presente que la información en redes es un arma de doble filo: que la experiencia no es sinónimo de evidencia y que el contenido viral no son guías de práctica clínica.

Debemos ser responsables con la información que creamos, compartimos y diferimos, porque esta es, y seguirá siendo por mucho tiempo, la forma en que circula todo tipo de información. En plena infodemia, esa responsabilidad es el único filtro que de verdad depende de nosotros.

Somos lo que consumimos, y esta frase ya no se refiere solo a los alimentos◾

4 octubre, 2026

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