La peste del olvido
Cantos del Gallo Capón
— Ensayo gráfico alegórico —
Stevenson Marulanda Plata
Presidente del Colegio Médico Colombiano
Panteón de los empleos permanentes
Introducción
Presidente tras presidente y Congreso tras Congreso, la Nación vuelve a escuchar el mismo repertorio de promesas: empleo público digno, fortalecimiento de las plantas de personal, eliminación de la intermediación laboral, respeto por la carrera administrativa y protección efectiva de los derechos de quienes desempeñan funciones misionales permanentes.
Como modesto guía de este camposanto legislativo, recorreré el Panteón de los Empleos Permanentes acompañado por el Gallo Capón. Mientras avanzamos entre mausoleos y lápidas, él irá entonando sus cantos inútiles sobre cada tumba. En cada una leeremos el epitafio de una norma que nació para garantizar que las funciones permanentes solo pudieran desempeñarse mediante empleos permanentes y no mediante órdenes de prestación de servicios. Todas terminaron convertidas en fantasmas del ordenamiento jurídico colombiano, víctimas de la misma peste del olvido.

Canto I. La peste del olvido. Tumba de la Abuela de los Empleos Permanentes.
Epitafio:
«Para el desempeño de funciones permanentes se crearán los empleos correspondientes. En ningún caso podrán celebrarse contratos de prestación de servicios para cumplir tales funciones.»
Hace más de medio siglo yace sepultada la Abuela de los Empleos Permanentes bajo la herrumbre del olvido de Macondo. Su tumba demuestra que la realidad jurídica en Colombia, como en Macondo, es escurridiza: apenas se deja apresar antes de desvanecerse sin remedio. La peste del olvido borró el significado y los valores que la ley había depositado en la letra escrita.

Canto II. La peste del olvido.
Al principio, la peste pareció inofensiva: primero desaparecieron los recuerdos más sencillos; después se borraron los nombres de las cosas; más tarde se olvidó para qué servían, hasta que terminó por borrar la memoria colectiva y la identidad misma de sus habitantes. Con las leyes ocurrió algo semejante: la letra permaneció grabada en la piedra; lo que la peste borró fue su significado y su fuerza normativa. De ello da testimonio este segundo epitafio:
Epitafio:
«Los contratos de prestación de servicios temporales solo podrán celebrarse con personas naturales cuando dichas actividades no puedan realizarse con personal de planta o requieran conocimientos especializados.»

Canto III. La peste del olvido.
Tumba de la Madre de la Carrera Administrativa.
La peste del olvido siguió avanzando. Las evasiones de la memoria se hicieron tan persistentes y letales que los legisladores, como los habitantes de Macondo, seguían reconociendo las leyes por sus articulados, pero habían olvidado para qué servían. Así terminó sepultada la Madre de la Carrera Administrativa.
Artículo 21. Empleos de carácter temporal
Los empleos temporales son la excepción, no la regla. Solo podrán crearse para:
a) Cumplir funciones que no formen parte de las actividades permanentes de la administración.
b) Desarrollar programas o proyectos de duración determinada.
c) Atender sobrecargas de trabajo ocasionadas por circunstancias excepcionales.
d) Desarrollar labores de consultoría o asesoría institucional por un período no superior a doce (12) meses y directamente relacionadas con la naturaleza de la entidad.
La creación de estos empleos deberá estar sustentada en estudios técnicos y contar con apropiación y disponibilidad presupuestal para cubrir salarios y prestaciones sociales.

Canto IV. La peste del olvido.
La epidemia alcanzó tal gravedad que, para defenderse del olvido, los habitantes de Macondo comenzaron a escribir el nombre de las cosas y a colgar letreros por todas partes: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola, vaca, chivo, puerco, gallina, yuca, malanga y guineo. Pero ni siquiera aquello bastó. El olvido siguió avanzando hasta borrar también la utilidad de las cosas. Entonces aparecieron letreros como este:
«Esta es la vaca. Hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche, y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche.»
Algo semejante comenzó a ocurrir con los legisladores colombianos. Sus evasiones de la memoria fueron tan severas como las de los habitantes de Macondo que, aunque seguían promulgando leyes para proteger el empleo permanente, habían olvidado su propósito. Por eso, la muerte del empleo permanente era una muerte anunciada.

Canto V. La peste del olvido.
Los síntomas ya eran inequívocos: la nación colombiana padecía la peste del olvido. Sobre el cadáver todavía fresco e insepulto de la ley cacareada en el Canto IV, apenas veintiún días después, el legislador volvió a promulgar otra con el mismo propósito. La repetidera del Gallo Capón había dejado de ser una simple coincidencia: era ya un síntoma inequívocamente patológico de la epidemia.
Como los habitantes de Macondo, derrotados porque el sistema de memorización que habían inventado exigía una vigilancia permanente y una fortaleza moral extraordinaria, los legisladores terminaron sucumbiendo al hechizo de una realidad imaginaria mucho más cómoda que ejercer el control político necesario para hacer cumplir las leyes ya promulgadas. Así, en lugar de preservar la memoria de la ley, prefirieron escribir una nueva, condenándola desde su nacimiento al mismo destino de las anteriores.

Canto VI. La peste del olvido.
Epitafio:
«En ningún caso podrán celebrarse contratos de prestación de servicios para el desempeño de funciones públicas de carácter permanente.»
A estas alturas del recorrido por el Cementerio de Leyes de Macondo, el visitante comienza a sospechar que la Casa de Nariño y el Congreso de la República se parecen demasiado al taller de Aureliano Buendía.
Derrotado por la realidad, el coronel macondiano pasó años fabricando pescaditos de oro. Cada vez que concluía una serie, la fundía para fabricar otra idéntica; y cuando la terminaba, volvía a fundirla para empezar de nuevo. Una y otra vez.
Algo semejante ocurre en Colombia. Cada vez que una ley destinada a dignificar a los trabajadores de la salud muere por anomia, el Estado renuncia a practicarle una autopsia jurídica y a leer su certificado de defunción para establecer las verdaderas causas de su muerte. En lugar de corregir aquello que la condenó al fracaso, la funde y la convierte en otra ley que ordena exactamente lo mismo.
Así, mientras la cruel realidad permanece intacta, impertérrita e inquebrantable, el país continúa fundiendo pescaditos jurídicos de oro: brillantes, cuidadosamente elaborados, solemnemente promulgados y predestinados a un entierro de quinta en el Cementerio de Leyes de Macondo.

Canto VII. La peste del olvido.
Epitafio:
«Aquí yace el Fantasma de la Mesa por la Reivindicación del Empleo Público.»
Fue creada para que los ministros de Salud, Trabajo, Educación y Hacienda, junto con los departamentos administrativos de la Función Pública y Nacional de Planeación, identificaran las entidades que ocultaban funciones permanentes bajo contratos de prestación de servicios y, en apenas tres años, rescataran esos empleos para devolverles la estabilidad y la dignidad que nunca debieron perder.
La peste del olvido volvió a imponer su imperio. La Mesa terminó convertida en otro fantasma del Cementerio de Leyes de Macondo. Y así sigue el tiempo dando vueltas en redondo, como decía Úrsula Iguarán, mientras las mismas promesas, semejantes a los pescaditos jurídicos de oro de Aureliano Buendía, son fundidas y rehechas bajo nuevos nombres, enterradas, resucitadas y vueltas a enterrar una y otra vez, en un cuento de nunca acabar: el cuento del Gallo Capón.

CERTIFICADO DE DEFUNCIÓN
Paciente:
Leyes destinadas a dignificar a los trabajadores de Colombia.
Causa inmediata de muerte:
Olvido agudo.
Causa intermedia:
Anomia crónica grave.
Causa básica:
Peste del olvido.
Determinantes sociales de la muerte:
Corrupción, clientelismo e impunidad: la tríada perniciosa endémica, sistémica y crónica que alimenta la anomia y perpetúa la peste del olvido en la República Bananera de Macondo.

La peste del olvido no es la enfermedad: es el síntoma. La verdadera peste es la muerte de la autoridad moral del Estado para hacerlas cumplir.
Anomia proviene del griego: a = sin; nomos = ley. Literalmente significa «ausencia de ley» o «falta de normas».
El término ya aparecía en la literatura griega clásica y en algunas traducciones de la Biblia para aludir a la impiedad, el desorden moral o la transgresión de la ley. Sin embargo, fue Émile Durkheim quien lo incorporó de manera sistemática a la teoría sociológica moderna.
Para Durkheim, la anomia no consiste simplemente en la ausencia de leyes. Es una situación mucho más compleja y peligrosa: aquella en la que las normas existen, pero han dejado de orientar eficazmente el comportamiento de los individuos, las instituciones y la sociedad.
Dicho de otra manera, la comunidad pierde su capacidad moral para hacer cumplir sus propias reglas.
Las leyes permanecen escritas; lo que desaparece es la autoridad que les daba eficacia.
Ese es el verdadero rostro de la anomia.
No significa que una sociedad carezca de leyes, sino que ha perdido la voluntad y la capacidad de obedecerlas, hacerlas cumplir y sancionar a quienes las incumplen.
Su consecuencia es el deterioro progresivo del orden social: prosperan la corrupción, el clientelismo, la impunidad y el abuso del poder; aumenta la incertidumbre colectiva; las instituciones pierden legitimidad; las organizaciones sociales se fragmentan; y los ciudadanos dejan de distinguir con claridad entre lo justo y lo injusto, lo legítimo y lo ilegítimo, lo moral y lo inmoral.
La anomia no es simplemente desorden. Es la ruptura progresiva del contrato social, la tumba de la autoridad moral del Estado y el comienzo de la desintegración de una comunidad.
Cuando la anomia laboral comenzó a instalarse en Colombia, prosperaron la corrupción, el clientelismo, la impunidad, la barbarie institucional y el pillaje del acto clínico. Miles de trabajadores de la salud fueron empujados hacia la incertidumbre, la frustración, la desesperanza, la ansiedad, el estrés y la depresión. En esas circunstancias, advertía Durkheim, pueden surgir incluso las condiciones que favorecen el suicidio anómico: aquel que aparece cuando la sociedad deja de ofrecer reglas estables, expectativas razonables y horizontes de sentido para la vida.
La anomia es un abismo: un agujero negro ético que devora lentamente la autoridad de las instituciones y la confianza de los ciudadanos.
Y mientras esta peste continúe devorando la autoridad moral del Estado, el Cementerio de Leyes de Macondo seguirá ampliando sus mausoleos y el Gallo Capón continuará su canto sobre nuevas tumbas.










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