Unimagdalena reafirma su compromiso estar conectada con su territorio
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Unimagdalena reafirma su compromiso estar conectada con su territorio

La pasada ceremonia de entrega de batas blancas de la Universidad del Magdalena, celebrada el 6 de junio del año en curso, contó con la presencia de Belkis Lorena Gil Nuvita, primera mujer kogui en convertirse en médica interna. Eso demuestra que el aprendizaje clínico no se completa solo con rigor científico, sino con sensibilidad humana y pertinencia cultural, así lo expresa la doctora María Angélica Meñaca, directora del programa de medicina de la Universidad del Magdalena.

La ceremonia de batas blancas no es únicamente un ritual universitario, sino un acontecimiento institucional de alto significado pedagógico y humano, afirma la doctora Meñaca. “El momento marca una transición, ya que el estudiante deja atrás la etapa de ciencias básicas y las áreas disciplinares para iniciar una proximidad directa con la práctica clínica y, sobre todo, con la presencia del paciente como centro de la responsabilidad médica”, dice.

Desde esa perspectiva, la bata blanca funciona como signo visible de un cambio de etapa formativa y de un compromiso que ya no se formula solo en términos académicos, sino también éticos. “La ceremonia materializa la calidad académica y el rigor científico que la universidad promete entregar a la sociedad, subrayando que la formación no se concibe como un fin aislado, sino como una entrega con consecuencias para la salud pública y la vida de otros”, agrega la directora.

En el mismo sentido, el evento enmarca el compromiso institucional con la formación médica en pilares concretos. Primero, la promesa de valor: la universidad asume el deber de formar profesionales preparados para asumir responsabilidades reales, más allá del aula. Segundo, el reconocimiento al mérito es un espacio solemne para exaltar la disciplina, el esfuerzo constante y la resiliencia de quienes superan los primeros años del plan de estudios. Tercero, destaca el encuentro de la comunidad académica y familiar.

La ceremonia permite observar, ante docentes y familias, la transformación integral de los jóvenes. Cuarto, el acto consagra una dimensión ética y humanística. Para la doctora Meñaca, revestir a los estudiantes con la bata blanca refuerza la misión de formar médicos “bajo estrictos principios éticos, de deontología médica y humanismo. El conocimiento científico debe estar al servicio de la compasión y del cuidado de la vida. Lo central no es contraponer ciencia y humanidad, sino colocar ambas en la misma ruta formativa”.

La dra. María Angélica Meñaca, directora del programa
de medicina de la Universidad del Magdalena y Belkis Lorena Gil
Nuvita, primera mujer kogui en convertirse en médica interna.

Interculturalidad, una victoria para el pueblo Kogui

Uno de los elementos más importantes en la Unimagdalena es la manera en que se integran el mérito individual con transformaciones colectivas. Prueba de ello es que el reconocimiento de Belkys Lorena Gil —médica interna perteneciente a la comunidad kogui de la Sierra Nevada de Santa Marta— no se presenta como un hecho aislado de trayectoria académica. Por el contrario, se convierte en una prueba concreta de que los principios institucionales de inclusión, equidad y diversidad pueden materializarse en realidades tangibles.

Según la doctora Meñaca, este logro tiene profunda trascendencia intercultural. La universidad, en su lectura, se consolida como escenario democrático capaz de tejer puentes entre saberes. La idea clave es que la formación no debe funcionar como una imposición unilateral: la rigurosidad de la ciencia médica occidental no se impone sobre las prácticas ancestrales, sino que se encuentra con ellas, las respeta y crea un enlace armónico.

Ese énfasis define el sentido del modelo formativo; la universidad no toma el componente cultural como decoración institucional, sino como elemento curricular y pedagógico que permite el sentido, la pertenencia y la pertinencia clínica. La relevancia de Belkys Lorena Gil también radica en el efecto hacia la comunidad. La doctora Meñaca subraya que la formación de la médica honra el patrimonio cultural de la Sierra Nevada y reafirma el compromiso de la institución con una educación expandida y con sentido social.

En el caso de Belkys Lorena Gil, el mérito individual se convierte en evidencia pública de un sistema que funciona. No es solo un logro académico, sino un argumento institucional frente a preguntas históricas: ¿los jóvenes de comunidades étnicas pueden formarse como médicos sin perder su identidad? ¿Pueden ejercer con éxito sin abandonar su cosmovisión? ¿La universidad puede ser un puente real entre mundos? El reconocimiento, lejos de celebrarse únicamente como premio, se entiende como señal de viabilidad del proyecto educativo.

El territorio es el aula

La doctora Meñaca plantea con contundencia que el éxito en la formación de estudiantes con raíces culturales y territoriales diversas no es casual. Para ella, la graduación de médicos de la Unimagdalena responde a una arquitectura institucional y pedagógica diseñada “por y para el territorio”. En otras palabras, el modelo no se limita a afirmar principios de inclusión, sino que los traduce a ejes curriculares y estrategias de gestión académica.

La doctora explica que, cuando un estudiante ingresa con saberes ancestrales y bagajes culturales propios, su conocimiento no se anula: “al contrario, se estudian y respetan. Este enfoque le permite encontrar sentido y pertinencia a la formación, disminuyendo la alienación cultural que suele empujar a la deserción en comunidades étnicas”. El programa conecta la práctica médica con las estructuras sociales de origen desde los primeros semestres. La promesa para el estudiante es aplicar conocimiento científico en escenarios familiares y comunitarios desde temprano, para visualizar el impacto directo que puede producir en su región.

Asimismo, en el Caribe colombiano, donde existen patologías endémicas, el estudio de problemas reales del entorno (como dengue, malaria y leishmaniasis) fundamenta la pertinencia del médico formado por la universidad. “Aprender a resolver problemas de salud del entorno inmediato valida el camino formativo. No se trata únicamente de enseñar temas regionales, sino de formar competencias clínicas que correspondan con la realidad y las necesidades en salud de las comunidades“, explica la doctora Meñaca. La directora insiste en que el tránsito por una carrera exigente requiere soportes. Por ello, la institución despliega redes de apoyo psicopedagógico, académico y socioeconómico.

Además, se cuenta con escenarios de práctica diversificados y contextualizados. La formación
clínica y comunitaria aprovecha la riqueza geográfica de la región mediante dos estrategias

integradas. Por un lado, la simulación clínica de alta fidelidad se combina con práctica real. Este equilibrio permite que el estudiante entrene en entornos controlados con tecnología avanzada, pero también que se involucre en comunidades diversas, desde la Sierra Nevada hasta zonas ribereñas. Por otro lado, está el retorno al territorio.

La facultad fomenta rotaciones donde las competencias lingüísticas, culturales y territoriales del estudiante se vuelven ventaja clínica. Es así como la cosmogonía deja de ser un elemento externo y pasa a ser un componente clínico, pues quien comprende la cosmogonía de su comunidad puede convertirse en un canal fuerte de promoción y prevención de la salud. Para la doctora Meñaca, la salud familiar, la interculturalidad y el estudio de enfermedades tropicales no se reducen a asignaturas. Son el marco identitario que dignifica el origen del estudiante y lo dota de competencias científicas globales con sensibilidad local.

Profesionales que transforman comunidades

La facultad juega un papel protagónico en el acompañamiento a estudiantes provenientes de territorios como la Sierra Nevada. Si el estudiante llega con desafíos geográficos y culturales particulares, el acompañamiento también debe diseñarse para responder a esas condiciones.

Esto se define como un modelo multidimensional operado a través de estamentos y dependencias clave. El primer contacto es el aula y el escenario de práctica. De ahí que el papel del docente se considere transformador, puesto que debe tener la sensibilidad para comprender que la diversidad no es obstáculo sino riqueza pedagógica. “Entonces, el docente actúa como facilitador que promueve complementariedad y valida la identidad cultural del futuro médico”, comenta la doctora Meñaca.

Luego se presenta el andamiaje organizacional que sostiene el acompañamiento. A través del desarrollo estudiantil se coordinan redes de apoyo psicopedagógico y programas de nivelación en ciencias básicas. El objetivo es mitigar brechas iniciales de adaptación académica sin perder el rigor científico del programa.

El tránsito Sierra–ciudad también se identifica como choque adaptativo complejo. En alianza con Bienestar, se prioriza la atención en salud mental para manejar ansiedad por desarraigo, con escucha activa que comprende la cosmogonía del estudiante. Además, la facultad gestiona condiciones materiales mínimas como alimentación, transporte o residencias para que el factor económico no opaque capacidades cognitivas ni el proyecto de vida.

El primer médico arhuaco graduado en Unimagdalena, ejemplo para el mundo

Desde esa estructura, el acompañamiento deja de ser esfuerzo aislado y se vuelve corresponsabilidad institucional con el estudiante de la Sierra Nevada, garantizando que rigor científico y riqueza de identidad cultural confluyan hacia la graduación.

Hay que recordar el caso del primer médico arhuaco graduado por la Universidad: el doctor Wilman Suárez Izquierdo. “Su decisión de no abandonar la comunidad y ejercer la medicina en su entorno de origen redefine el éxito profesional. En ese sentido, la educación superior no se entiende como vía de escape, sino como herramienta de retorno para el fortalecimiento del territorio”, puntualiza la directora Meñaca.

La interculturalidad alcanza un nivel simbólico máximo en el hecho de que, además de práctica médica occidental y posgrados, el doctor Wilman Suárez se prepara como sabedor mayor de su comunidad. “Logró una síntesis donde ambos sistemas de conocimiento dialogan para el bienestar de su pueblo. No hay sustitución de cosmovisión; hay diálogo y complementación orientada al cuidado”, dice la doctora. Antes de Wilman, el camino de convertirse en médico cirujano podía percibirse como ajeno o inalcanzable para un joven de la Sierra Nevada; ahora existe una prueba tangible de accesibilidad y viabilidad del sistema académico.

El efecto multiplicador aparece como consecuencia directa del reconocimiento social en la comunidad. Al ver a un par que comparte lengua, vestimenta, historia y cosmogonía; graduarse, continuar estudios de posgrado y recibir respeto tanto del mundo académico como de autoridades tradicionales, el proyecto formativo deja de ser experimento y se convierte en camino validado.

Finalmente, la doctora Meñaca señala que el éxito de Wilman fortalece la confianza de autoridades tradicionales como el Cabildo y los Mamos. Esto facilita que las comunidades sigan respaldando y enviando jóvenes a formarse en la institución, sabiendo que regresarán a proteger y servir a su propio pueblo.

De esta forma, la ceremonia de batas blancas inaugura el compromiso; la interculturalidad se verifica en logros concretos como el de Belkys Lorena Gil; la formación se sostiene en ejes curriculares y acompañamiento institucional diseñados para el territorio; y el relevo generacional se asegura mediante referentes de equidad que transforman expectativas y confianza comunitaria. El modelo no trata a la diversidad cultural como brecha por cerrar, sino como ventaja por potenciar.

La Universidad del Magdalena, según esta visión, no solo forma médicos; forma profesionales capaces de devolver salud y transformar comunidades desde una práctica clínica con sensibilidad local y estándares de calidad universales.

26 septiembre, 2026

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