Por: Claudia Alejandra López Cabra, especialista en epidemiología, con estudios en economía con énfasis en economía de la salud.
Fuente: Órgano de información del Colegio Médico Colombiano. Epicrisis. Ed. N° 41 (Septiembre-Noviembre 2026). ISSN: 2539-505X (En línea). #SaludDignaYa
Cada vez que una persona recibe el diagnóstico de enfermedad renal crónica (ERC), la conversación suele centrarse en cifras: creatinina, tasa de filtración glomerular, albuminuria o riesgo de diálisis. Sin embargo, la historia va mucho más allá del riñón. Es la de un paciente con mayor riesgo de infarto o accidente cerebrovascular, una familia que reorganiza su vida alrededor del cuidado, una persona cuya capacidad laboral puede verse limitada y un sistema de salud que enfrentará costos crecientes asociados con la progresión de la enfermedad.
En Colombia, según la Cuenta de Alto Costo (CAC), cerca de un millón de personas viven con ERC, cifra que continúa creciendo por el envejecimiento poblacional, la diabetes, la hipertensión arterial y la obesidad. La ERC no es únicamente una enfermedad renal: es una condición cardiorrenal-metabólica que impacta la salud física, emocional, social y económica de quienes la padecen, sus familias y el sistema de salud.
Durante años, el éxito terapéutico se ha medido principalmente por la preservación de la función renal. No obstante, la evidencia demuestra que los desenlaces relevantes para los pacientes van más allá del riñón. Evitar un infarto, conservar la independencia funcional, mantener un adecuado control metabólico, preservar la salud mental, continuar trabajando o reducir la carga sobre los cuidadores son objetivos tan relevantes como retrasar la terapia de reemplazo renal.

Uno de los principales motores de esta carga es el componente metabólico. La diabetes mellitus continúa siendo una de las principales causas de enfermedad renal avanzada en Colombia. De acuerdo con la CAC, la diabetes sola o combinada con hipertensión arterial explica aproximadamente el 41 % de los casos de ERC avanzada. Esta realidad resulta más preocupante si se considera que la Federación Internacional de Diabetes estima que cerca de tres millones de colombianos viven con esta enfermedad, cifra que seguirá creciendo por el envejecimiento, la urbanización y la obesidad.
La relación entre diabetes y ERC es compleja y bidireccional. La hiperglucemia sostenida induce cambios estructurales y funcionales en el riñón que favorecen la albuminuria, la hiperfiltración y la pérdida progresiva de nefronas. Además, los pacientes que conviven con diabetes y ERC presentan mayor riesgo de hospitalización, eventos cardiovasculares y mortalidad prematura. Los análisis más recientes del Global Burden of Disease muestran que la enfermedad renal atribuible a diabetes genera una proporción sustancial de los años de vida ajustados por discapacidad (DALYs) asociados a ERC, superando otras causas tradicionales como la hipertensión arterial o las enfermedades glomerulares.
La obesidad representa otro componente fundamental. Tradicionalmente considerada un factor de riesgo para diabetes e hipertensión, hoy se reconoce como una enfermedad crónica capaz de afectar directamente la estructura y función renal. El exceso de tejido adiposo favorece inflamación persistente, resistencia a la insulina, activación neurohormonal y alteraciones hemodinámicas que aceleran el daño renal. Como consecuencia, las personas con obesidad presentan mayor riesgo de albuminuria, deterioro de la función renal y progresión hacia estadios avanzados.
Desde la perspectiva de la ERC, la situación es aún más preocupante. Durante mucho tiempo se asumió que la principal amenaza era la progresión hacia diálisis o trasplante. Sin embargo, la evidencia demuestra que el riesgo cardiovascular constituye su desenlace más frecuente y devastador. El análisis más reciente del Global Burden of Disease estimó que la disfunción renal contribuye al 11,5 % de todas las muertes cardiovasculares a nivel mundial, consolidando a la ERC como uno de los principales factores de riesgo cardiovascular modificables.
A pesar de ello, estas patologías siguen abordándose de manera fragmentada. Mientras las guías recientes de la American Heart Association promueven el concepto de síndrome cardiovascular-reno- metabólico (CKM), un análisis de 1.194 ensayos clínicos cardiovasculares reveló que el 79 % excluye a pacientes con ERC, limitando la generación de evidencia y perpetuando brechas terapéuticas en una de las poblaciones de mayor riesgo. Paradójicamente, los modelos integrados de atención cardiorrenal implementados en distintos países han demostrado reducciones significativas en hospitalizaciones, optimización terapéutica y mejores desenlaces clínicos.
Incluso cuando se controla la progresión de la enfermedad y se reduce el riesgo cardiovascular, persiste una dimensión frecuentemente invisibilizada: la salud mental y la calidad de vida. Las restricciones alimentarias, la polifarmacia, las visitas frecuentes a los servicios de salud y la incertidumbre frente al futuro generan una carga emocional difícil de cuantificar, pero imposible de ignorar. Estudios realizados en pacientes colombianos en hemodiálisis han reportado prevalencias de ansiedad y depresión superiores al 50 %, mientras que el deterioro físico, el dolor y las limitaciones funcionales afectan significativamente la percepción de bienestar. Mantener la independencia funcional, conservar la capacidad laboral, participar en actividades familiares o disfrutar de una vida cotidiana sin limitaciones excesivas representa un resultado tan importante como evitar la progresión de la enfermedad. Esta visión se ha incorporado progresivamente en los marcos modernos de evaluación de resultados en salud, donde los Patient-Reported Outcomes (PROs) y las mediciones de calidad de vida adquieren mayor relevancia para las decisiones clínicas y sanitarias.
El impacto también se extiende al ámbito económico. La CAC ha identificado la ERC como una de las patologías que más recursos consume dentro del sistema de salud colombiano. Un análisis de la Universidad de los Andes estima que las enfermedades de alto costo, incluida la ERC, absorben aproximadamente el 10 % de la Unidad de Pago por Capitación (UPC). Solo en 2023 se reportaron 991.212 casos de ERC; más de 44.000 pacientes se encontraban en terapia de reemplazo renal y más de 40.000 cursaban con enfermedad en estadio 5.
Más allá del gasto sanitario directo, la carga económica de la ERC se ha estimado entre COP $8,7 y $14,4 billones anuales, equivalente a cerca del 1,6 % al 2,7 % del Producto Interno Bruto colombiano. Estas cifras reflejan los costos de tratamientos, hospitalizaciones y complicaciones, además de la pérdida de productividad, el impacto sobre los cuidadores y las consecuencias sociales de la enfermedad.
Por esta razón, la conversación sobre ERC debe evolucionar. Colombia ha avanzado en la identificación y el seguimiento de los pacientes gracias al trabajo de la CAC. Hoy cuenta con información detallada sobre estadios, etiologías, desenlaces clínicos e indicadores de gestión. El desafío ya no es únicamente medir la enfermedad, sino utilizar ese conocimiento para transformar su atención. El siguiente paso debe ser consolidar modelos integrales que articulen aseguradores, prestadores, atención primaria, especialistas y equipos multidisciplinarios alrededor de objetivos comunes. Esto implica establecer rutas claras de detección temprana, estratificación de riesgo, seguimiento coordinado y posicionamiento oportuno de terapias con beneficio cardiorrenal-metabólico demostrado. También exige integrar nefrología, cardiología, endocrinología, nutrición, psicología y atención primaria para responder a la complejidad real de estos pacientes.
La experiencia internacional demuestra que este modelo es posible. Un ejemplo destacado es la CARDIFF y Vale Cardio-Renal Service del Reino Unido, clínica integrada que reúne cardiólogos, nefrólogos, enfermería especializada y farmacéuticos clínicos para el manejo conjunto de pacientes con insuficiencia cardíaca y ERC. Los resultados publicados muestran reducciones significativas en hospitalizaciones, optimización del tratamiento basado en la evidencia y mejor coordinación asistencial para pacientes tradicionalmente atendidos de forma fragmentada. Estos modelos reflejan un cambio de paradigma que Colombia debería considerar: dejar de organizar la atención alrededor de órganos individuales y estructurarla alrededor de las necesidades reales de los pacientes.
Desde la perspectiva de la evaluación económica en salud, este cambio resulta especialmente relevante. Históricamente, las intervenciones en ERC se valoraban por su capacidad para retrasar la diálisis o el trasplante renal. Hoy sabemos que una proporción importante del valor generado proviene de reducir hospitalizaciones cardiovasculares, preservar la capacidad funcional, disminuir la discapacidad y mejorar la calidad de vida. Los beneficios clínicos y económicos de una atención integral se extienden mucho más allá del riñón.
La ERC ya no puede entenderse como una enfermedad de un solo órgano. Es una condición que conecta el riñón con el corazón, el metabolismo, la salud mental, la productividad y la sostenibilidad financiera del sistema de salud. Por ello, la integralidad no debe verse como un ideal aspiracional ni como una tendencia conceptual, sino como una necesidad impostergable. El futuro de la ERC dependerá menos de cuánto sabemos medir y más de nuestra capacidad para construir modelos de atención que permitan intervenir tempranamente, coordinar el cuidado y generar valor en salud. Más allá de preservar la función renal, el verdadero objetivo es proteger la vida, la autonomía y el bienestar de las personas que conviven con la enfermedad.
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