Medicina nuclear en Colombia: entre la precisión científica y el reto de ampliar el acceso
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Medicina nuclear en Colombia: entre la precisión científica y el reto de ampliar el acceso

Por: María Isabel Calderón,  politóloga, magister en estudios políticos; Sofía Rodríguez Bolívar, psicóloga y periodista; Daniela Rodríguez Sánchez, ingeniera industrial y periodista.


Fuente: Órgano de información del Colegio Médico Colombiano. Epicrisis. Ed. N° 41 (Septiembre-Noviembre 2026). ISSN: 2539-505X (En línea). #SaludDignaYa


La medicina nuclear ocupa un lugar cada vez más relevante en el diagnóstico, tratamiento y seguimiento del cáncer. Su principal característica es el uso de pequeñas cantidades de material radiactivo para observar procesos que ocurren dentro del organismo y, en algunos casos, dirigir tratamientos directamente hacia las células enfermas.

Aunque la palabra nuclear continúa asociándose con accidentes, guerras o exposición peligrosa a la radiación, en medicina ocurre algo distinto: esa misma propiedad física puede utilizarse de manera controlada para identificar tumores, evaluar su actividad e incluso destruir células cancerígenas con mayor precisión.

En el centro de esta tecnología se encuentran los radiofármacos, medicamentos que combinan una molécula capaz de dirigirse hacia determinados procesos biológicos con un isótopo radiactivo. Dependiendo de sus características, pueden utilizarse con fines diagnósticos o terapéuticos.

Una de las aplicaciones más conocidas es la tomografía por emisión de positrones, o PET, generalmente combinada con tomografía computarizada en equipos PET/CT. Mientras la tomografía muestra la anatomía del organismo, el PET permite observar su funcionamiento metabólico. En términos sencillos, una tecnología permite identificar dónde está una alteración y la otra ayuda a entender qué está ocurriendo en ese lugar.

En oncología esta diferencia es fundamental. Algunas células tumorales tienen una actividad metabólica mayor que las células normales y consumen más glucosa. Al administrar un radiofármaco que imita ese proceso, esas zonas pueden aparecer con mayor intensidad en las imágenes, permitiendo localizar focos tumorales, identificar metástasis y evaluar si una enfermedad está respondiendo o no al tratamiento.

Pero los radiofármacos no solo permiten encontrar el cáncer. Algunos están diseñados para llevar radiación directamente hacia determinados tipos de células tumorales. Esta modalidad, conocida dentro del campo de la medicina nuclear terapéutica, busca afectar con mayor precisión el tejido enfermo y limitar la exposición de los tejidos sanos.

En Colombia ya existen capacidades importantes en esta área. Según información del Servicio Geológico Colombiano, existen 306 instalaciones autorizadas para el empleo de material radiactivo, de las cuales 165 corresponden al sector salud: 115 están relacionadas con medicina nuclear, 35 con radioterapia y 15 con producción de radionúclidos y radiofarmacia.

Sin embargo, contar con infraestructura autorizada no significa que el acceso sea uniforme en todo el territorio. Los datos disponibles identifican alrededor de 21 instituciones de salud autorizadas para operar PET/CT, concentradas principalmente en grandes ciudades. Esto evidencia una de las principales tensiones de la medicina de alta tecnología en Colombia: el conocimiento y los equipos existen, pero su distribución territorial continúa siendo limitada.

Para un paciente con cáncer esa concentración puede traducirse en desplazamientos entre ciudades, mayores costos indirectos, dificultades para conseguir autorizaciones y retrasos en pruebas que pueden ser determinantes para definir una conducta terapéutica.

En medicina nuclear, además, el tiempo tiene una dimensión adicional. Algunos radioisótopos tienen una vida física extremadamente corta. El Flúor-18, uno de los más utilizados en estudios PET, reduce su radiactividad a la mitad aproximadamente cada 110 minutos. Esto obliga a sincronizar producción, transporte, preparación y administración al paciente con una precisión logística poco común en otras áreas de la medicina.

Por eso, la expansión de la medicina nuclear no depende únicamente de comprar equipos. Necesita una cadena completa de infraestructura científica, radiofarmacias, ciclotrones, transporte especializado, profesionales capacitados, regulación, control de calidad y sistemas de gestión de residuos radiactivos.

El desafío de producir radiofármacos

Colombia ha desarrollado capacidades propias de producción, pero todavía son limitadas.

Entre las entidades vinculadas a Buenas Prácticas de Elaboración se encuentran el Instituto Nacional de Cancerología, Radiofarmacia Tracerlab, Ciclotrón Colombia, Ciclotrón Colombia ZF y Ciclotrón Caribe. El Instituto Nacional de Cancerología, por ejemplo, cuenta con infraestructura que integra ciclotrón, módulos de síntesis y laboratorios de control de calidad para la producción de diferentes radiofármacos.

En el país se producen compuestos utilizados para diagnóstico como Flúor-18, Nitrógeno-13 y Carbono-11, además de radiofármacos empleados en tratamientos especializados con elementos como Yodo-131, Lutecio-177 e Itrio-90.

Aun así, Colombia mantiene una dependencia importante de radioisótopos producidos en países como Países Bajos, Bélgica, Francia, Turquía y Sudáfrica. Esa dependencia constituye una vulnerabilidad sanitaria: cualquier dificultad internacional de producción, transporte o suministro puede terminar afectando la disponibilidad de procedimientos diagnósticos y terapéuticos.

Por esa razón, hablar de medicina nuclear también implica hablar de autonomía sanitaria. No se trata necesariamente de producir todo dentro del país, sino de desarrollar capacidades suficientes para reducir dependencias críticas, ampliar la investigación y garantizar mayor estabilidad en la disponibilidad de tecnologías indispensables para los pacientes.

Colombia cuenta actualmente con pocos ciclotrones en funcionamiento y estudia alternativas para fortalecer su infraestructura. Entre ellas se encuentra la evaluación de factibilidad de un nuevo reactor de investigación y el desarrollo de capacidades de radiofarmacia industrial.

Estas iniciativas podrían ampliar las posibilidades de investigación, producción de radioisótopos y desarrollo tecnológico, pero requieren algo más que infraestructura física, necesitan un marco regulatorio especializado capaz de acompañar el crecimiento del sector.

Una nueva institucionalidad nuclear

En este contexto adquiere especial importancia la reciente aprobación en el Congreso del proyecto de ley que crea la Agencia Nacional de Seguridad Nuclear y Asuntos Radiactivos.

La iniciativa busca establecer una autoridad especializada encargada de regular, licenciar, inspeccionar, vigilar y controlar las actividades relacionadas con radiaciones ionizantes, materiales nucleares y materiales radiactivos.

Su importancia no debe entenderse únicamente desde la perspectiva de la seguridad nuclear. La existencia de una institucionalidad especializada también puede influir directamente en el desarrollo de sectores como la medicina nuclear, la radiofarmacia, la investigación científica y otras aplicaciones pacíficas de las tecnologías nucleares.

Actualmente, diferentes competencias relacionadas con estas actividades se encuentran distribuidas entre varias instituciones. La creación de una Agencia especializada pretende fortalecer la capacidad técnica del Estado, organizar responsabilidades y establecer reglas más claras para un sector altamente complejo.

Para la medicina nuclear, esto podría traducirse en procesos regulatorios más especializados para instalaciones, ciclotrones, radiofarmacias y otras tecnologías que emplean material radiactivo. Sin embargo, la aprobación de una ley es apenas el comienzo.

¿Qué viene ahora?

El siguiente reto será convertir la nueva institucionalidad en una capacidad real del Estado.

Esto implica definir la estructura de la Agencia, garantizar su financiación, vincular profesionales especializados, desarrollar reglamentación técnica y organizar la transición de las competencias que actualmente ejercen diferentes entidades.

También será necesario evitar una paradoja: que la creación de una autoridad especializada termine agregando nuevos trámites a un sector que ya enfrenta procesos regulatorios complejos.

El desafío será encontrar un equilibrio entre dos objetivos igualmente importantes: mantener los más altos estándares de seguridad radiológica y nuclear y, al mismo tiempo, permitir que la investigación, la innovación y las aplicaciones médicas puedan desarrollarse de manera eficiente.

Si esa transición se realiza adecuadamente, Colombia podría avanzar hacia un escenario con mayor capacidad de investigación nuclear, mejor infraestructura radiofarmacéutica, formación de talento especializado, desarrollo de nuevas tecnologías y mayor producción nacional de radioisótopos.

Pero el resultado más importante debería verse fuera de los laboratorios y de las instituciones regulatorias.

El verdadero impacto de la nueva política nuclear debería medirse en la posibilidad de que más pacientes puedan acceder oportunamente a diagnósticos y tratamientos que hoy se concentran en pocas ciudades.

Colombia ya ha demostrado que tiene capacidad científica para desarrollar medicina nuclear avanzada. El reto de los próximos años será conectar esa capacidad con una política de expansión territorial, producción nacional, regulación eficiente e inversión sostenida.

La medicina nuclear puede identificar tumores que otras técnicas no detectan, evaluar la respuesta a los tratamientos y dirigir radiación hacia células específicas. Su potencial científico es enorme.

Ahora el país, a partir de la aprobación de la ley, tiene el reto de convertir ese conocimiento en una capacidad sanitaria disponible para más colombianos, independientemente del lugar en el que vivan.

10 octubre, 2026

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