¿Valió la pena?
Editorial, Opinión

¿Valió la pena?

El Gran Igualador

Ensayo


Por Stevenson Marulanda Plata

Presidente del Colegio Médico Colombiano

Vitrina de calaveras en el Memorial Choeung Ek. Este monumento conmemorativo dedicado a las víctimas del genocidio, situado a 17 kilómetros al sur de la capital, alberga más de 5.000 cráneos humanos recuperados de los campos de la muerte, preservados como testimonio silencioso de una de las mayores tragedias del siglo XX.

La entrada triunfal

17 de abril de 1975. Vestidos con sus característicos pantalones y camisas negros, y con pañuelos de cuadros rojos y negros anudados al cuello, los soldados del ejército revolucionario entraron triunfantes en la capital de aquella antigua colonia francesa.

Encontraron una ciudad desolada. En 1970, había estallado la guerra civil entre esa subversión comunista y la joven República, nacida ese mismo año cuando un general rebelde derrocó al monarca tradicional con el apoyo de Estados Unidos.

La capital aún conservaba abiertas las heridas de la guerra. La escasez y el hambre gobernaban la vida cotidiana. Entre techos derrumbados, paredes y ventanas remendadas con láminas de cartón se oían los vítores que bramaba el río humano alabando al comandante supremo de la exitosa revolución: el Gran Igualador.

Hombres, mujeres y niños salieron a recibir a los vencedores. Una ráfaga de esperanza corría de boca en boca al paso de las columnas de adolescentes y aún imberbes revolucionarios.

Después de años de bombardeos, desplazamientos, hambre y muerte, la guerra civil había terminado y parecía que el sufrimiento también.

—Al fin llegó la paz —se oía decir por todas partes.

Abolición de una identidad, “Éramos millones los que nos encontrábamos en aquella situación. El 17 de abril de 1975 se convirtió en mi matrícula, en mi fecha de nacimiento dentro de la revolución proletaria. Mi historia de niño quedó abolida. Prohibida. A partir de ese día, yo, Rithy Panh, de trece años, ya no tenía historia, ni familia, ni emociones, ni pensamiento, ni inconsciente. ¿Quedaba acaso un nombre? ¿Quedaba un individuo? Ya no quedaba nada”.

Los inocentes no sabían lo que les esperaba. La felicidad duraría lo que dura una ola antes de estrellarse contra la roca de un acantilado. Ignoraban las intenciones de su redentor y las consecuencias del experimento político igualitario más radical que conoció el siglo XX.

El Año Cero

Nada más entrar, los revolucionarios ordenaron desalojar la ciudad.

Un bombardeo estadounidense era inminente. Debían marcharse inmediatamente hacia los campos. Solo sería por unos días. Les dijeron.

Ordenaron destruir los vehículos a motor y convirtieron el carro tirado por mulas y bueyes en el medio de transporte nacional. En pocas horas, una de las mayores ciudades del sudeste asiático se convirtió en una ciudad fantasma.

Las cunetas comenzaron a llenarse de cadáveres. Pacientes, ancianos y personas exhaustas morían a la vera de los caminos. El horror apenas empezaba. Había comenzado el Año Cero: la historia del país iba a reescribirse.

La nueva ideología igualadora instaba a eliminar cualquier vestigio del detestable pasado capitalista. Cerró escuelas, universidades y hospitales. Ordenó quemar bibliotecas y fábricas. También prohibió numerosos medicamentos, convencido de que el país podía bastarse a sí mismo gracias a la sabiduría popular.

El Gran Igualador disolvió los mercados, abolió la moneda y la propiedad privada, prohibió las religiones y persiguió a los creyentes, incluido el budismo dominante.

Colectivizó por la fuerza la agricultura, separó familias enteras y reorganizó la sociedad obligando a millones de personas a trabajar en el campo bajo condiciones extremas. Su objetivo era multiplicar la producción de arroz y transformar el país en una gigantesca comunidad agraria autosuficiente.

Sin embargo, el experimento produjo el efecto contrario. Las extenuantes jornadas en los arrozales, la escasez de alimentos, la mala planificación y el trabajo forzado provocaron hambre, enfermedades y agotamiento físico masivo. Cientos de miles de trabajadores murieron consumidos por la desnutrición, el cansancio y las duras condiciones de vida impuestas por el régimen.

Alumno de Mao Zedong

En 1949, el Gran Igualador obtuvo una beca para estudiar en Francia. No fue un estudiante brillante y terminó perdiéndola, pero los tres años y tres meses que pasó en la capital gala marcarían decisivamente su destino. Allí, en medio de las encendidas controversias entre capitalismo y socialismo, colonialismo y revolución, abrazó las ideas de Marx, Lenin, Stalin y Mao Zedong que acababa de fundar la República Popular de China. Poco a poco comenzó a tomar forma una convicción absoluta: la creencia de que una sociedad perfectamente igualitaria podía construirse desde cero.

Así se acercó al Partido Comunista Francés y, junto con otros jóvenes compatriotas que estudiaban en la Ciudad Luz, fundó el autodenominado Grupo Estudiantil de París. Sin saberlo, en aquellas reuniones empezaba a gestarse el núcleo dirigente que años más tarde perseguiría su utopía de la igualdad absoluta.

A mediados del siglo XX, en Asia y África crecían los movimientos nacionalistas que desafiaban el dominio colonial europeo. Desde la capital de la libertad, la igualdad y la fraternidad se gobernaban millones de seres humanos situados fuera del círculo moral de aquellos ideales. No eran hermanos: eran súbditos. El país del Gran Igualador permaneció bajo dominio francés desde 1863.

Los arquitectos del hombre nuevo conversan cordialmente. El maestro había intentado rehacer la naturaleza humana mediante el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural; el discípulo intentaría después construir aquel hombre nuevo en Kampuchea. Ninguno de los millones de muertos aparece en la fotografía.

El Gran Igualador aprendió a odiar el colonialismo, el capitalismo y todo aquello que asociaba con el mundo urbano. Consideraba que la educación tradicional, las profesiones liberales y toda influencia extranjera eran fuentes de corrupción, desigualdad y decadencia moral. Terminó idealizando y sublimando al campesinado y, convencido de que la vida rural encarnaba la pureza revolucionaria, decidió que toda la población debía ser reeducada en comunas agrícolas. No aspiraba simplemente a sustituir un gobierno por otro. Quería rehacer la historia desde cero y transformar la naturaleza misma de los seres humanos. Su gran referente ideológico y su mecenas fue Mao Zedong a quien visitó en Pekín en 1975.

Kampuchea: la igualdad por decreto

Desmanteló las instituciones del Estado tradicional y comenzó a controlar cada aspecto de la vida nacional. Implantó una extensa red de vigilancia, delación y purgas internas. Estableció centros de detención, interrogatorio y tortura para eliminar a los supuestos enemigos de la revolución. La violencia y el miedo se convirtieron en método de gobierno; la obediencia absoluta, en requisito para sobrevivir; y la sospecha, en política de Estado.

Los niños de la guerra: una sola mente. El Gran Igualador creó una raza de niños soldados: los «Héroes Infantiles». Sometidos a una educación doctrinaria uniforme, fueron convertidos en policías del pensamiento, verdugos y guardianes fanáticos de la revolución. En nombre de su lealtad a la República de Kampuchea, aprendieron a vigilar, denunciar, interrogar, torturar y ejecutar a quienes eran señalados como enemigos del Estado, incluso cuando aquellos «delincuentes mentales» eran sus propios padres, maestros o vecinos.

Las primeras víctimas fueron los altos funcionarios, militares y dirigentes de la república derrocada. Después llegaron maestros, profesores, médicos, abogados, artistas, funcionarios, opositores reales o imaginarios y miembros de minorías étnicas y culturales. En la lógica del régimen, todo conocimiento independiente era una amenaza. Hablar un segundo idioma, haber recibido educación superior o incluso usar gafas podía convertirse en prueba suficiente de culpabilidad.

La vida cotidiana también fue sometida al control revolucionario. La comida se distribuía de manera colectiva y era racionada en comedores comunales. Poseer una simple olla para cocinar en privado podía considerarse un delito contra la revolución. Incluso se estableció que cada ciudadano debía producir dos litros de orina diarios y entregarlos al jefe de la aldea para fabricar abono. El Gran Igualador gobernó de 1975 a 1979 Kampuchea Democrática

La Guerra Fría

El país del Gran Igualador sufría de geografía y de historia. O sea, sufría de geopolítica y pronto, como la carne de un sándwich, quedó atrapado entre las garras comunistas y capitalistas. Unido a Vietnam por una vasta frontera como un hermano siamés, sufrió ingentes daños colaterales de Estado Unidos, que entre 1969 y 1973 dejó caer millones de toneladas de bombas en su territorio, porque era utilizado por los vecinos comunistas como refugio, corredor logístico y ruta de abastecimiento.

Aquella combinación de bombardeos de Estados Unidos, guerra civil, descontento campesino y apoyo del monarca depuesto a la revolución terminó fortaleciendo a la insurgencia revolucionaria del Gran Igualador, que tomó el poder en abril de 1975.

Permaneció en el poder durante cuarenta y cuatro meses, hasta el 7 de enero de 1979, cuando la intervención militar vietnamita lo obligó a abandonar el país y refugiarse en la selva

El genocida que escapó a la justicia humana

No existen cifras exactas sobre cuántas personas murieron en los campos de la muerte, pero se estima que fueron más de dos millones. En menos de cuatro años, sus políticas de exterminio, persecución, hambre y trabajo forzado acabaron con la vida de cerca de una cuarta parte de la población de Kampuchea.

Murió el 15 de abril de 1998, oculto en la selva, prisionero del mismo ejército revolucionario que había ayudado a fundar décadas atrás. Tenía setenta y dos años. Nunca compareció ante un tribunal. Nunca escuchó una sentencia. Nunca respondió por sus crímenes.

Su cuerpo fue consumido por una hoguera improvisada de neumáticos viejos y cartones. Así terminó el hombre que había soñado con construir un mundo nuevo.

Pero los muertos hablan, aún queda una pregunta…. ¿Valió la pena?

La pregunta

—Te estaba esperando —dijo el anfitrión.

—¿Me conoces? —preguntó el visitante.

—No.

Permanecieron unos segundos en silencio bajo una luz mortecina que apenas alcanzaba a dibujar los contornos de los contertulios.

—Dicen que vienes a juzgarme —dijo el anfitrión.

—No. Los muertos no juzgamos. Vengo a hacerte una pregunta.

El anfitrión sostuvo la mirada del visitante sin asomo de derrota ni arrepentimiento. Frente a él se encontraba un hombre de estatura corriente. Vestía una túnica sencilla y unas sandalias desgastadas por los caminos.

—¿Cuál es la pregunta? —quiso saber el huésped.

El misterioso visitante guardó silencio unos instantes. El cabello oscuro le caía hasta los hombros. Una barba espesa y cuidada enmarcaba un rostro sereno.

Entonces pronunció tres palabras:

—¿Valió la pena?

El silencio se hizo más pesado.

—Creíamos que sí.

—No te pregunté qué creían. Su voz era suave, casi apagada; sus movimientos, sosegados. Te pregunté si valió la pena.

Cuando la llama de la lámpara pestañó, los ojos del visitante se acomodaron a la penumbra y pudo ver mejor el rostro que tenía en frente: un hombre envejecido, de facciones propias del sudeste asiático: pómulos anchos y ligeramente prominentes, la piel surcada por arrugas y manchas oscuras que los años habían sembrado sobre sus mejillas. Por lo menos tenía ochenta años.

—Queríamos construir un mundo nuevo desde cero —continuó el anciano con sus ojos pequeños y hundidos, como brasas ocultas bajo las cenizas, y la obstinación de quien había sobrevivido a sus propias ideas.

Otro paréntesis de silencio se adueñó de la conversación cuando un obstinado y rebelde mechón de cabello completamente blanco cayó sobre su frente.

—Eso dicen siempre. Prometiste construir el paraíso y edificaste uno de los mayores infiernos de la historia.

No había en el misterioso visitante nada de rey ni de conquistador. Ninguna corona. Ninguna armadura. Ningún aura de justiciero.

Con un dejo de satisfacción mística, el anciano dijo:

—Había desigualdad, pobreza, hambre.

El forastero cerró los ojos y se apretó los párpados con los dedos, como si quisiera contener unas lágrimas de compasión.

—Sí —dijo al fin, con un gesto de dolorosa comprensión—. Las había.

Los ojos del anciano brillaron con tranquilo orgullo.

—Entonces lo entiendes.

—No —respondió el visitante— Entender una herida no significa bendecir el cuchillo.

—Pero, millones vivían en la miseria mientras unos pocos acumulaban riqueza.

El forastero, que conocía demasiado bien la condición humana, guardó silencio unos instantes. No parecía escuchar únicamente las palabras del anciano, sino también aquello que intentaba ocultar detrás de ellas.

—Explícame algo. ¿Por qué quienes dicen amar a la humanidad terminan dividiéndola entre quienes merecen vivir y quienes merecen morir?

—¿Y si hubiéramos triunfado? —preguntó el anciano evocando su vieja sonrisa depredadora

—¿Acaso no triunfaste? —preguntó el visitante de ojos aceitunos—¿Acaso no conseguiste lo que buscabas? ¿No conseguiste la igualdad que querías?

El anciano esquivó la mirada de quien había visto morir demasiados muertos y dedicado la eternidad de su muerte a estudiar la profundidad del alma de los hombres que han pretendido fabricar seres humanos nuevos contra su naturaleza.

—Querías acabar con los privilegios. ¿Por qué te reservaste el mayor de todos: decidir qué era el bien para los demás?

—Querías abolir las clases y creaste una nueva raza supremacista: la tuya y la de quienes creen que pueden gobernar a los demás “por su propio bien”, aun sacrificando su libertad.

Mientras observaba la mirada oblicua, casi evasiva, de su entrevistado, el visitante escuchaba algo que nadie más podía oír: el incesante rumor de millones de muertos clamando justicia, y le enrostró:

—Querías liberar a los hombres de sus cadenas. ¿Por qué comenzaste poniéndoles las tuyas?

—¿Por qué creíste que podías rehacer a las personas desde cero como si fueran pelotas de barro? 

—¿Quién te convenció de que millones de años de naturaleza humana podían ser derrotados por unos cuantos años de propaganda?

—¿La igualdad fue el nombre que le diste al sacrificio?

—Dime, ¿cuántos muertos te faltaron para llamar victoria a lo que hiciste?

El anciano frunció el ceño. Durante unos instantes pareció buscar una respuesta entre los escombros de sus antiguas certezas.

No encontró ninguna.

La llama de la lámpara vaciló sobre la pequeña mesa de madera que los separaba. Afuera, la selva respiraba lentamente la oscuridad. Una ventisca removió las hojas de los árboles y trajo consigo, entre los olores húmedos de la manigua, la cercanía de los hombres que vigilaban la cabaña. Eran los mismos compañeros de armas con quienes había intentado rehacer el mundo décadas atrás. Ahora custodiaban su encierro.

El anciano abrió la boca para responder, pero ninguna palabra acudió en su ayuda.

Otro paréntesis de silencio se adueñó de la estancia.

El visitante esperó.

Y esperó.

Pero el silencio siguió allí, inmóvil, sentado entre los dos.

Entonces el anciano clavó su mirada asiática en las grietas del resquebrajado piso por donde sobresalían las malas hierbas de ese trópico.

La lámpara volvió a pestañear.

Cuando levantó los ojos, el forastero ya no estaba.

Solo quedaban la mesa, la luz triste y el rumor de la selva avanzando lentamente sobre la noche.

¿Valió la pena?

Cráneos de víctimas del genocidio camboyano que todavía preguntan: ¿valió la pena? ¿qué clase de paraíso exige el sacrificio de millones de seres humanos para construirse?

19 junio, 2026

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