El mundial de cirugía miniinvasiva
Ensayo literario sobre técnica y belleza
Por Stevenson Marulanda Plata
Presidente del Colegio Médico Colombiano
La antigua carnicería de la cirugía bruta —la del viejo y noble bisturí, casi puñal— fue derrotada por gambetas limpias, incruentas y delicadas en el mundial de cirugía miniinvasiva que se jugó en Valledupar el 30 de abril de 2026.
Vi todos los partidos, y todavía no puedo creer que la capital mundial del vallenato hubiera sido la cancha.
El Primer Foro Quirúrgico Internacional Caribe me enseñó que la cirugía mínimamente invasiva —guiada por cámaras, radiografías que hablan, brazos robóticos y softwares inteligentes— se parece al fútbol geométrico de toque fino y sensibilidad suramericana.
Sin embargo, la sevicia de la incertidumbre y del fracaso siempre estuvo al acecho. Los malos instintos —esa zona oscura, artera y ancestral de la mente sapiens— no me dejaban dormir.
Era el abismo del pesimismo: el mismo que atormentaba a Gabriel García Márquez cuando le preguntó a Rodolfo Llinás en qué rincón del cerebro se escondían los presagios.
No fueron una, ni dos, ni tres las veces que le insistí con vehemencia a mi sobrino Toño —el mundialista cirujano robótico Antonio José Caycedo Marulanda— que aquello era una completa locura.
—Toño, ¿cómo se te ocurre traer a esos manes desde tan lejos para que apenas hablen catorce minutos?
—Por muy sabios que sean, ese tiempo es demasiado corto para explicar una teoría, un concepto, un contexto o una ejecutoria —le repicaba yo, como campana terca de pueblo, una y otra vez—. Además, son muchos. Eso nos va a costar un ojo de la cara.
—¡Yo sé lo que estoy haciendo!
Fue contra aquella muralla china de los necios absolutistas —la que construyen quienes están completamente seguros de lo que hacen— contra la que tantas veces me estrellé.
Tenías razón, Toño. Los malditos catorce minutos —como los bautizó genialmente Ezequiel Palmisano, cirujano de la escuela argentina de la genialidad y del milagro de crear belleza y precisión en una gota de espacio— al final del día fueron lo mejor que nos sucedió.

Ezequiel Palmisano inmortalizó el espíritu del foro con la frase inolvidable: “Los malditos catorce minutos”.
Como Lionel Messi, su paisano rosarino, y como Diego Maradona, su gran compatriota, Palmisano es también un mago brutal para crear belleza en medio de la estrechez del tiempo y de la ordinariez anatómica de la cicatrización perversa.
Cristóbal Abello, Jorge Daes y Andrés Hanssen —barranquilleros como el Pibe Valderrama—, orfebres extremos del movimiento manual inteligente, nos demostraron durante sus catorce minutos, con la sensibilidad fértil y pródiga del fútbol bien jugado —tocar corto, avanzar, pensar y abrir espacios donde parece no existir ninguno—, cómo se domestican los espacios mínimos.
Gonzalo Martín, de Cádiz, y Julio Mayol, de Madrid, jugaron ese mundial como Andrés Iniesta jugó la final de 2010: visión, pausa, gambeta corta, inteligencia espacial y la misteriosa capacidad de decidir partidos gigantescos en apenas un segundo de lucidez.
Juan José Solórzano y Javier Kuri jugaron aquellos malditos catorce minutos como Cuauhtémoc Blanco jugó el Mundial de Francia 1998: con pausa, imaginación, ingenio, irreverencia, visión de juego y una creatividad casi callejera.
Cuauhtémoc desconcertó al mundo con la “cuauhtemiña” —aquella maniobra imposible que la FIFA incluyó entre los momentos más memorables de la Copa del Mundo—.
Toño, como Lucho, su primo guajiro —Luis Díaz Marulanda—, saltó a la cancha con los guayos imantados y mostró cómo la fuerza magnética es capaz de unir y sellar, en un instante mágico, los cruentos bordes intestinales, como si los tejidos obedecieran en secreto a los médicos invisibles de Macondo.

Antonio José Caycedo Marulanda —Toño— saltó a la cancha con imán en los guayos, y como su primo Lucho Díaz Marulanda, mostró cómo la fuerza magnética puede unir tejidos con la precisión y fuerza invisible de los médicos de Macondo.
Melquíades —el gitano gigante de manos de gorrión— no había vuelto a Macondo desde aquella tarde remota en que llevó los imanes, la alquimia y el hielo. Regresó aquel día encarnado en Toño y David Vásquez porque, como escribió Gabo, “no pudo soportar la soledad de la muerte”.
David atravesó sus atosigantes catorce minutos como el tiempo atraviesa el cuerpo femenino en Macondo, donde las mujeres viejas sienten que los relojes no son dóciles ante su presencia. La menopausia —dijo David— no era allí un asunto biológico, sino climático: una estación del alma que el pueblo aprendió a reconocer como reconoce las lluvias interminables.
Iván Iglesias jugó sus escasos catorce minutos con el uniforme de la ciencia y el arte de los dioses. Como René Higuita en Wembley, contuvo el aliento del estadio del Bilingüe con el vértigo irrepetible de la jugada del escorpión.
El anestesiólogo cucuteño, afincado en London, Canadá, nos mostró que la anestesia moderna —la arquera líbera contra el gol del dolor y del desastre metabólico— dejó hace mucho tiempo de ser una disciplina silenciosa confinada detrás del arco estéril que separa la sangre quirúrgica del túnel de la inconsciencia anestésica.

Iván Iglesias jugó sus catorce minutos con el arte de los dioses y el vértigo de René Higuita: mostró que la anestesia moderna ya no espera bajo el arco, sino que sale a disputar el partido de la vida desde el primer minuto.
Iván, como Marcelo Bielsa al borde de la línea, nos hizo entender que la anestesia hoy sale del arco a buscar el partido: ordena la defensa metabólica del cuerpo, vigila la nutrición, anticipa complicaciones y protege la vida antes de que ocurra la catástrofe, mientras los delanteros —los cirujanos— hacen lo suyo.
Manuel Moros juega al primer toque, como los grandes equipos del mundo: cirugía y endoscopia en una sola jugada, sin pausas inútiles, resolviendo el partido de la coledocolitiasis en un único tiempo operatorio.
Alexander Ramírez mostró cómo la cirugía robótica de la hernia hiatal avanza hacia una medicina de menor trauma, mayor precisión y recuperación más rápida.
En medicina moderna —como en el fútbol contemporáneo— la técnica salva partidos, pero la disciplina evita catástrofes. William Sánchez jugó aquellos malditos catorce minutos con ese pensamiento, como un arquero obsesionado en evitar goles absurdos.
Recordó que muchos goles legales nacen de errores evitables fácilmente detectados en el VAR clínico: una historia clínica mal hecha, un EKG omitido, una interconsulta tardía o un consentimiento informado débil.
Rodolfo Oviedo, nicaragüense arraigado en Texas, como Pep Guardiola y los grandes entrenadores que internacionalizan el fútbol y conectan escuelas, talentos y estilos de juego, reforzó el carácter mundialista de aquellos malditos catorce minutos.
Así como Guardiola revolucionó el fútbol moderno con su juego de posición —esa manera de gobernar el partido mediante la circulación inteligente del balón, la ocupación estratégica de los espacios y la presión alta para recuperar el control—, Rodolfo tendió, desde TROGSS (The Robotic Global Surgical Society), puentes invisibles entre el Caribe colombiano y las grandes ligas globales de la educación, la investigación y la cirugía robótica, haciendo circular conocimiento, experiencia y cooperación científica a través de continentes enteros.

Rodolfo Oviedo y Adolfo Pérez Bonet jugaron este mundial quirúrgico convencidos de que la cirugía miniinvasiva no pertenece únicamente a las grandes capitales, sino también a las regiones olvidadas donde la tecnología puede convertirse en dignidad, esperanza y justicia social.
Adolfo Pérez Bonet, de Pailitas, Cesar, copresidente del Comité de Enlace de TROGSS, convencido de que el fútbol no pertenece únicamente a los estadios suntuosos ni a las capitales poderosas, sino también a las canchas callejeras, de potrero y tierra, salió al terreno de juego para demostrar que la cirugía mínimamente invasiva no puede seguir siendo un privilegio encerrado en los grandes centros urbanos.
Como César Luis Menotti —que entendía el fútbol como una forma de dignidad colectiva y belleza compartida, incluso lejos de las grandes vitrinas del poder—, Adolfo abrió una discusión estratégica y profundamente humana: la tecnología no debe concentrarse como la riqueza, sino circular, democratizando oportunidades, acercando conocimiento y llevando dignidad quirúrgica hasta las regiones que históricamente han jugado el partido de la salud desde la banca de suplentes.
Roberto Favaloro evocó entrañables recuerdos de su tío René Favaloro, el cirujano de La Plata que inventó uno de los pases más mágicos del circuito sanguíneo humano.

Roberto Favaloro evocó la genialidad de su tío René Favaloro, el cirujano que inventó un túnel para que la sangre gambeteara la muerte y devolviera la vida al corazón infartado
Como Osvaldo Zubeldía —su paisano rioplatense y arquitecto de una escuela futbolística basada en la disciplina táctica, el estudio minucioso del rival y el aprovechamiento inteligente de cada centímetro del terreno—, René Favaloro comprendió que los bypass son a la cirugía lo que los pases al fútbol.
Y como Messi, Cuauhtémoc, Lucho Díaz o Maradona, entendió que la genialidad consiste en encontrar caminos imposibles donde parece no existir ninguno.
Entonces inventó un túnel venoso para que la sangre aórtica gambeteara la arteria coronaria obstruida y llegara al otro lado del infarto: un pase bendito que deja al cancerbero de la muerte sin posibilidad alguna ante el disparo a quemarropa de la delantera de la vida.
Mecker Moller, de Chicago —la única mujer de este mundial—, y Raúl Pinilla, de Bogotá, jugaron aquellos malditos catorce minutos como arqueros veteranos frente al gol más letal contra la humanidad: el cáncer.

Mecker Moller salió a la cancha para demostrar que la cirugía moderna puede derrotar al cáncer sin mutilar la belleza ni la dignidad del cuerpo femenino.
Moller, verdadera revolucionaria de la estética oncológica, salió a la cancha enseñando cómo atajar los goles silenciosos del cáncer de seno sin mutilar la belleza del cuerpo femenino, mientras Pinilla mostró que la cirugía robótica y la endoscopia avanzada ya comienzan a cerrarle espacios al cáncer gástrico antes de que encuentre el arco desguarnecido.
La Bolsa de Bogotá —uno de los aportes más importantes de la medicina colombiana a la salud mundial, capaz de salvar millones de vidas— fue presentada por su inventor, Oswaldo Borráez Gaona.

Oswaldo Borráez Gaona presentó la Bolsa de Bogotá, uno de los aportes que ha salvado millones de vidas frente a las grandes catástrofes abdominales.
En apenas catorce minutos, Oswaldo explicó cómo aquella bolsa se convirtió en un recurso decisivo contra las grandes catástrofes abdominales: la sepsis, la hipertensión intraabdominal, los traumas, las isquemias mesentéricas y las pancreatitis necrotizantes.
Luís Felipe Cabrera, que representa la juventud, la investigación y el futuro científico colombiano, nos enseñó cómo comenzar tempranamente una carrera de investigación quirúrgica en Colombia.
Francisco El Hombre reapareció aquella tarde en las palabras de Arnod Barrios y Jaime Muskus.
En Cirugía, vallenato, arte y precisión, compararon a los primeros juglares vallenatos —los errabundos herederos de Francisco El Hombre— con los maestros pioneros de la cirugía colombiana.

Arnod Barrios y Jaime Muskus demostraron que la cirugía y el vallenato obedecen a una misma arquitectura secreta de ritmo, precisión, intuición y belleza.
Del mismo modo, enlazaron los cuatro aires clásicos del vallenato —el paseo, el merengue, el son y la puya— con distintas entidades y temperamentos quirúrgicos, construyendo una metáfora magistral donde la cirugía y el vallenato parecían obedecer a una misma arquitectura secreta de ritmo, precisión, intuición y belleza.
Todos aquellos mundialistas de la cirugía miniinvasiva reafirmaron la vocación e incendiaron el entusiasmo de los estudiantes todavía imberbes de Medicina de la UDES, la Fundación Universitaria del Área Andina, la Universidad Popular del Cesar, la Universidad del Magdalena y la Universidad Libre de Barranquilla.

Los estudiantes de Medicina de la Universidad de La Guajira —la victoria más profunda de aquel mundial quirúrgico—: la prueba de que la ciencia también puede sembrar futuro, dignidad y esperanza en los territorios donde históricamente más han dolido el abandono y el hambre.
Pero quizá la emoción más honda quedó sembrada en un joven de la etnia wayúu, estudiante de primer semestre del naciente programa de Medicina de la Universidad de La Guajira, proveniente de la Capital Mundial del Hambre, cuando dijo:
—Voy a ser cirujano robótico, digital y radiómico.










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