En las últimas cuatro décadas se ha observado un crecimiento sostenido de la resistencia y el rechazo a la vacunación, sustentado en una amplia diversidad de argumentos.
Fuente: Órgano de información del Colegio Médico Colombiano. Epicrisis. Ed. N° 39 (Marzo-Mayo2026). ISSN: 2539-505X (En línea). #SaludDignaYa
Por: Samuel David Barbosa, médico pediatra, MSP, MIM, Me-H ©, estudiante de la maestría Bioética y Ética de la Investigación UNIANDES. Coordinador de Gremial y Proyectos – CMC. Miembro de la Sociedad Colombiana de Pediatría.
Estos van desde la incredulidad frente a su utilidad, teorías de conspiración corporativa orientadas a un supuesto gobierno mundial, creencias místicas sobredimensionadas en el marco de la fe, hasta la percepción de que los efectos secundarios de las vacunas son más graves que los derivados de una infección natural. A ello se suma una postura de negación asociada al rechazo del mundo industrial y corporativo contemporáneo.
Este movimiento ha continuado sumando adeptos incluso dentro del sector salud, donde algunos profesionales actúan como reconocidos expositores y verdaderos “evangelizadores” de estas prácticas.
Su discurso tiene una alta resonancia en la población general, la cual —por razones comprensibles desde una lógica académica y formativa— suele desconocer las implicaciones científicas, el rigor metodológico y la evidencia acumulada que sustentan la vacunación como intervención sanitaria.
Frente a esta realidad, el principal argumento contrario a la vacunación desde una perspectiva bioética suele apoyarse en el derecho fundamental a la libertad individual y en la autonomía para decidir frente al “riesgo” que implicaría vacunarse.
Sin embargo, esta postura admite objeciones críticas que resulta pertinente analizar. Para ello, es indispensable comprender el efecto de las vacunas desde una perspectiva poblacional y de salud pública, así como retomar algunos conceptos fundamentales.
Después del saneamiento básico —como el acceso al agua potable y el manejo adecuado de excretas y residuos— las vacunas constituyen uno de los descubrimientos con mayor impacto en la historia del cuidado de la salud.
Su contribución ha sido decisiva en la prevención de la severidad de las enfermedades infecciosas y de sus complicaciones, incluyendo la reducción de la mortalidad y la morbilidad asociada a discapacidad, secuelas y alteraciones crónicas irreversibles causadas por diversos agentes patógenos (Rosling, 2018).
Su eficacia permitió, por ejemplo, que una pandemia como la de COVID-19, con un potencial de mortalidad comparable al de la Gripe Española, no alcanzara tales niveles catastróficos y que, en menos de un año, la humanidad pudiera recuperar gran parte de su dinámica social sin un desenlace aún más devastador.
Adicionalmente, es fundamental considerar al menos tres aspectos clave en relación con las vacunas:
Las vacunas no son inocuas.
Su objetivo es inducir el desarrollo de una respuesta inmunitaria —humoral y celular— que prepare al organismo para una futura exposición al patógeno. En este sentido, constituyen una “exposición controlada” que fortalece la capacidad de defensa frente al agente infeccioso.
Los efectos secundarios que pueden presentarse son, de manera categórica, mínimos en comparación con la fisiopatología y las consecuencias de una infección natural.
Su efectividad no es absoluta.
Esta depende de la variabilidad individual en la capacidad de generar memoria inmunológica y de responder a la infección por el patógeno salvaje. No obstante, el estándar aceptado para una vacuna es una efectividad superior al 80%, lo que refuerza un principio pragmático esencial en salud pública: es preferible contar con un 80% de protección que con el 100% de ninguna.
La vacunación protege tanto al individuo como a su entorno.
Cuando, en el curso normal de transmisión de un patógeno, este encuentra a una persona con memoria inmunológica —ya sea por vacunación o infección previa— se interrumpe la cadena de transmisión.
De este modo, el individuo deja de ser un potencial reproductor del contagio, aunque este efecto depende del grado y la duración de la memoria inmunitaria frente al agente específico.
Desde esta perspectiva, los argumentos en respuesta a la postura de no vacunar pueden comprenderse desde una ética deontológica, en la que priman la dignidad y el respeto por las personas.
Evitar escenarios de vulnerabilidad y daño prevenibles implica reconocer al otro como igualmente valioso y garantizarle oportunidades de protección equivalentes a las que nosotros hemos recibido.
Ello supone ejercer la autonomía “de tal modo que las máximas de su elección estén simultáneamente comprendidas en el mismo querer como ley universal” (Kant, 1785/2012).
Asimismo, la ética del cuidado —derivada de la filosofía feminista y del modelo relacional madre-
hijo, entendido como experiencia biológica y psicológica de cooperación— aporta un marco
relevante para este análisis.
Esta perspectiva se orienta al reconocimiento del otro desde la empatía, permitiendo visibilizar la vulnerabilidad (Fabianne, 2022). El cuidado se concibe como una apertura que va más allá de lo posible, como la acogida del otro en su diferencia: “Considerar al otro como su hijo es precisamente establecer con él esas relaciones que yo llamo ‘más allá de lo posible’” (Levinas, 2002, p. 62).
Esta responsabilidad no espera reciprocidad y puede implicar sacrificio, pero constituye la esencia misma de la dignidad del cuidado. Desde esta lógica, tomar acciones presentes —como la vacunación— para prevenir daños futuros es una expresión concreta de dicha responsabilidad.
Finalmente, la vacunación se inscribe en una lógica de corresponsabilidad intergeneracional, al sostener una cadena de inmunidad y un círculo de protección colectiva —efecto rebaño— para las generaciones futuras. Somos corresponsables de sus condiciones de vida “cuando nuestras acciones (…) conducen a posiciones de vulnerabilidad, incluso si ninguno de los agentes dentro de una estructura pretendía que esto sucediera” (Young, 2011).
De este modo, se evita que situaciones que hace un siglo eran trágicas(brotes y epidemias) pero previsibles se conviertan hoy en tragedias inconcebibles para la vida moderna.
No se trata de promover un discurso basado en el miedo a las infecciones, sino de comprender con claridad el riesgo que implica no estar vacunado, el daño potencial que ello puede generar y la responsabilidad ética asociada a dichas decisiones, así como su posible falencia moral.
La disminución de la mortalidad por enfermedades infecciosas no debe llevar a subestimar la probabilidad de nuevas epidemias en la actualidad. Evitemos caer en la ironía de los “buenos tiempos”, que pueden generar complacencia y negación frente a advertencias ampliamente documentadas por la historia y la ciencia.
Nota editorial: En la elaboración de este manuscrito se utilizó la asistencia de la inteligencia artificial proporcionada por ChatGPT para la corrección exclusivamente a ajustes gramaticales y ortográficos, sin afectar el estilo y contenido del autor.
Nota: El autor del manuscrito se encuentra realizando una maestría en Bioética y Ética de la Investigación en la Universidad de los Andes, con financiación del NIH (National Institutes of Health–USA). El contenido corresponde a una postura personal, neutral y orientada exclusivamente al análisis ético y normativo del tema estudiado.










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