La geopolítica de la salud
Editorial

La geopolítica de la salud

Poco o nada se habla a nivel global de la evidente relación entre geopolítica y salud, y de sus consecuencias. Y, por ello, podrán decirme que me estoy refiriendo al descubrimiento del agua que moja.

Por: Jorge Diego Acosta Correa,  asesor de presidencia del Colegio Médico Colombiano


Sin embargo, desde la perspectiva de pensar como humanidad y de nuestra misión como médicos —miembros de una profesión ancestral dedicada al cuidado de la salud de todos— conviene conocer con la mayor precisión posible el conjunto de factores que amenazan o lesionan gravemente el bienestar físico, mental y relacional de los pueblos que compartimos la casa planetaria. Entre esos factores, las guerras no pueden ser ignoradas, no en términos genéricos, sino en su particularidad y dinámica actual.

La guerra puede medirse, desde el punto de vista humanitario y sanitario, en muertos —con el consecuente e insondable duelo de sus seres queridos—, combatientes y no combatientes, niños y adultos, madres y padres; en lesionados temporales o permanentes, en personas con discapacidades, en pacientes con trastornos psiquiátricos duraderos o transitorios, en familias mutiladas, en sociedades desarticuladas y culturalmente arrasadas, en desplazados arrancados de sus tierras, en poblaciones sometidas al hambre y la miseria, en prisioneros vejados, humillados y torturados, en enfermedades y pestes sobrevinientes, en la ruptura violenta de los lazos económicos, sociales y culturales, en la destrucción de la infraestructura social básica, en el sacrificio del personal sanitario, y en el colapso del soporte logístico y de la estructura hospitalaria. Las escuetas estadísticas de la infamia y el horror nunca medirán el sufrimiento, el dolor, la desesperación, el desamparo, ni el grado de bestialidad o perversidad de sus gestores y perpetradores.

En la actualidad, la guerra está presente con una intensidad y una amplitud crecientes, escalando en poder y precisión destructivos hasta rozar el borde del abismo: la conflagración nuclear, que hoy puede quedar al alcance de un clic o de un gesto de alguien con poder, enceguecido por la lógica de una lucha que sitúa a su bando o a su nación en una condición de peligro existencial.

Me sumo a quienes piensan, con fundamento, que la confrontación actual ya forma parte de la temida Tercera Guerra Mundial, multiforme y con efectos directos e indirectos sobre todos los pueblos y naciones. No estamos libres de sus efectos ni de sus dinámicas. Se trata de una guerra económica y comercial, cultural y de narrativas, tecnológica, territorial y militar; una guerra producto del reacomodo violento entre superpotencias, en el tránsito del mundo unipolar consolidado tras la implosión de la URSS en 1.991 hacia el surgimiento y la consolidación de dos nuevas superpotencias globales y de varias potencias regionales emergentes.

Al sector salud global lo afectan, además de las víctimas directas de las acciones militares, los efectos negativos de las limitaciones al comercio y al acopio de medicamentos, insumos y tecnologías de salud, su escasez y encarecimiento; también el aumento de precios de bienes importados de primera necesidad que impactan la salud; las restricciones operativas y de oferta de los servicios de salud por la creciente desviación de recursos financieros en los Estados hacia la industria armamentista, la compra y el gasto en defensa; y el impacto de las grandes migraciones, los bloqueos y las sanciones padecidas por muchas naciones.

No podemos, por lo tanto, adoptar la táctica del avestruz y esconder la cabeza para no ver la realidad que nos rodea, una realidad que ya ha tocado a algunos países vecinos y amenaza a otros de América Latina. Debemos prepararnos como país, como individuos, como gremio y como sistema de salud para la crisis que se anuncia en el horizonte. Geoestratégicamente, estamos situados en una locación clave para las relaciones de poder y del conflicto mundial, que ya inciden en nuestras relaciones económicas internas y externas, amenazan nuestra soberanía e interfieren en nuestra vida política, incluidas las próximas elecciones presidenciales.

6 julio, 2026

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