¿Por qué las Moiras, Caronte y Cerbero no hacen el Juramento Hipocrático?
Actualidad, Opinión

¿Por qué las Moiras, Caronte y Cerbero no hacen el Juramento Hipocrático?


La respuesta no es de índole económica, ni de ideologías políticas: es moral.


Por Stevenson Marulanda Plata

“El sistema de salud le ha hecho un daño tremendo a la profesión médica. Del imperativo hipocrático al mandato burocrático de las EPS”.
José Félix Patiño Restrepo
 In memoriam

El paseo de la muerte.

Solemne, Caronte, el leal barquero, estaba listo. Imperturbable, al aire, tibio y oscuro. En vilo, en su mano izquierda, sostenía un cuenco. Su mente, en duerme vela, y su regio y griego cuerpo, sentado en la proa, pacientes, esperaban la mortuoria carga:

– Introibo ad altari Dei.

Musitó, muy bajo.

Cerbero, el perro fiel de tres cabezas, que comía tortas de miel y cebada, al otro lado del río, igual. Impenitente, paciente también esperaba.

El ruido del agua, de la penumbra y de la acción de los personajes eran los mismos sonidos de la banda del propio Infierno. Una música absoluta, de terror, retumbaba en todas las oscuridades, entre sombras y tenues pestañas de luz, en el escabroso interior de la inmensa y oscura barriga cavernosa de aquella montaña hueca por donde entrechocaban, después de la muerte, aparentemente sin sentido, los acuíferos vericuetos del río del olvido, que inexorable conducía sus inconscientes y olvidadizas aguas al Inframundo, al mundo inferior: el reino de Hades, el reino de los muertos, el reino de las sombras. 

Silenciosa, inclinada sobre él, ella había acercado su aliento de azufre, a su ronca, estertórea y agónica respiración que salía de un cuerpo cacreco, consumido en su lecho de muerte, amortajado por la caquexia de la peste que, en el Asclepeion de Epidauro, el templo curativo de Asclepios, su santuario, su recinto sagrado, se enseñoreaba. Ella escrutaba la última hebra de donde pendía aquella vida.

Un estricto orden cósmico.

La división matemática e infinitesimal de poderes, impuesto por Zeus, la más sagrada de las vacas del Olimpo, era perfecta. Asclepios, sin ambages, era el Dios de la medicina, pero solo se le permitía diagnosticar, curar, aliviar, consolar, prevenir, aconsejar, cuidar, acompañar, y dar fuerza espiritual a sus pacientes y a la sociedad en general en momentos difíciles. Esos límites eran bien claros: le estaba rotundamente prohibido resucitar, revivir, reanimar o renacer: las artes de la inmortalidad estaban reservadas solo a Apolo su padre, o en su defecto al mismísimo Zeus. ¡Y cuidadito con entorpecer el trabajo de las moiras! Pero ese día se excedió.

Las moiras: un ejército necrófilo.

Como Caronte y Cerbero, ellas eran hadas que, al servicio de Hades, sostenían una ineluctable relación romántica con la muerte. La divinidad del Olimpo había dotado sus almas de esa especial atracción emocional: una pulsión de ataques instintivos, una sensibilidad y especificidad exquisitas por la muerte física y la putrefacción de la carne humana. Su oficio: cortar inapelablemente el último hilo de vida de los enfermos graves, con unas grandes tijeras de sastre que siempre portaban. Lo hacían con profunda emoción y los mejores sentimientos del mundo inferior.

Ella, la Moira de turno de ese día, con los filos en su punto, entró al Asclepeion de Epidauro, solo a hacer su trabajo misional. Se esperaba, según el arreglo cósmico, que Asclepios y su maliciosa serpiente, meticulosamente bien enrollada en su vara, no iban a actuar. Sin embargo, no fue así.

—Culpa gravis dura lex sed lex.

Bosticó Zeus, la más sagrada de las vacas, con el índice derecho levantado, como signo de dura admonición, cuando lo supo. Gravísimo realmente meterse en los dominios de Hades, el Dios del reino de aquella tenebrosa oscuridad. 

El libro de los muertos.

El mandato de comparecencia ya estaba escrito. Celoso de Asclepios y ardiente de ira, el dios del Inframundo, batió contra el suelo su libreta de apuntes, y desde sus sombras se oyó hasta en el Olimpo:

Casus belli dies irae.

Bien clarito estaban escritos los nombres. No podía faltar ninguna de las almas que ese día deberían cruzar el rio Leteo, entregar una moneda de plata a Caronte y beber un cuenco de su correntía que el leal barquero les apuraba para limpiarles la memoria y la conciencia de todo lo que habían hecho en la tierra, y entregárselas amnésicas del todo, como un alzhéimer terminal, al otro lado, a Cerbero, el perro de tres cabezas, a quien debían darle tortas de miel y cebada para que las condujera seguras hasta el Inframundo, listas para que fueran juzgadas, por Hades, el rey de los interfectos.

La brutal inflamación.

Asclepios y Sierpe: Tremendos Pesticidas. Bastaba uno de los dos. Cierta vez, una peste prescrita también por Hades, que empavesaba de cadáveres a Roma, fue derrotada por el íngrimo reptil. Esculapio ¾como le decían a Asclepios en latín¾, no pudo asistir en persona esa vez, y le encomendó esa misión hipocrática.

Sin embargo, en este caso, la peste les había cogido mucha ventaja. A decir verdad, el pobre cuasi difunto, era un primoroso precadáver: químicamente puro, azul ceniza, como le gustaban a Hades. Chatarra metabólica. Basura metabólica. Su aguada sangre, era un suero agrio donde nadaban trillones de minúsculos corchos trombóticos que se atrancaban, se atoraban y taponaban sus trescientos mil kilómetros de redes y vericuetos capilares, bloqueando así, en todos sus órganos, el paso de ese hilo de vida que aún lo sostenía en este mundo, y que la malvada bruja ese día fue a cortar.

Su respiración, obstruida por esos criminales tapones, apenas era un delgado silbido estertóreo de puro óxido. Su orina, írrita y corrosiva, era la súplica de unos riñones clamando una bendición anticoagulante que los destapara. Sus latidos, lánguidas y reptantes trepidaciones cardiacas, eran la humillante sumisión de un corazón a la espada flamígera de aquel imperio viral.

Su mente, en coma leteo, yacía sin conciencia y sin memoria ¾se habían borrado¾, los concupiscentes y rubicundos tarugos bloquearon también su circulación cerebral.

El mismo Asclepios, y hasta la propia serpiente, sabían que todos aquellos órganos eran ya despojos de tripas y vísceras. Realmente, como fichas de dominó, una tras otra, habían sucumbido a la huracanada falla múltiple, a la terrorífica y virulenta tormenta: la inflamación corporal absoluta.

Llegó el momento de morir. Recuerda que morirás. Mira tras de ti recuerda que eres un hombre“. Con voz broncínea, mefítico aliento y sagrado acento necrófilo, esta invocación, por orden de Hades, recitada de manera solemne por la Moira antes de cortar el hilo, siempre debía penetrar el túnel del moribundo y hacer parte de sus monólogos premortem.

Ella, muy experta y muy diligente, con supremo sigilo ya había cruzado el último biombo del Asclepeion del Epidauro, y habiendo ya precisado la ubicación exacta del postrero hilo, retiró con fino glamur su estilizada silueta, entrecortada por la penumbra, separando su mortuorio hálito de los agónicos estertores y, a mano alzada sobre el cabezal del camastro, sin ninguna misericordia pero con elegancia letal, sus largos  dedos  y uñas de verdadera bruja mitológica en los ojos de las tijeras, cual plástica y artística cirujana de la muerte, se disponía ya a poner sus filos en el delgadito sedal. Estaba a punto de apretar las filudas quijadas de su guillotina de mano:

– ¡Tempus est mori. Memento mori . Respice post te hominem te esse memento!

Alcanzó a decir apenas, cuando sintió un restallido. Un ramalazo. La serpiente, un látigo, estranguló el sensual, largo y erótico cuello venéreo y, en seguida, la vara. Asclepios ahí. El largo garrotazo temporofacial aturdió al oval cráneo caballuno de la Moira. Tijeras y dueña salieron volando del Asclepeion del Epidauro.

Con el cerebro incendiado en cólera, Hades, utilizando sus mejores algoritmos y chips gramaticales neurolingüísticos, armó el mejor argumento acusatorio que impecablemente expuso a Zeus. Fue tan convincente, que el Dios del Olimpo inmediata y sumariamente fulminó al pobre Asclepios. El Dios de la medicina murió calcinado: un mortífero rayo lo incineró. La fiel serpiente, ese mismo día se enrolló otra vez en la vara y se fue con él para la eternidad.

Asclepios: therapon.

Asclepios el Dios de la medicina, era compañero y amigo de sus enfermos, a quienes debía devoción, caridad y compasión. Era su therapon: amigo que cuida a otro, siervo cuidador, esclavo y escudero: guerrero que ayuda a un enfermo a poner la armadura protectora para combatir su enfermedad. Su oficio de therapon, encomendado por Zeus era:

acompañar, atender, proteger, cuidar, servir, curar, aliviar, consolar, prevenir y dar fortaleza espiritual a los enfermos y a la sociedad.

Fue el sentido profundo que el orden cósmico entregó a Asclepios para luchar contra el sufrimiento humano.

Hipócrates y sus therapeutes.

La simiente de Asclepios, el therapon, el Dios de la medicina, el guerrero amigo, permanece fértil en la Tierra in saecula saeculorum. Hipócrates, padre de la medicina, su descendiente directo, hizo acopio de todo su marco espiritual y de todas sus virtudes y enseñanzas, y la diseminó por todo el mundo y todos los tiempos, transmitiéndola de generación en generación a todos sus therapeutes. (discípulos)

El acto médico.

Los therapeutes de todos los tiempos, discípulos espirituales de carne y hueso de Hipócrates, aplicamos como él la misma sustancia espiritual del therapon Asclepios, el Dios de la medicina: acompañar, atender, cuidar, proteger, servir, curar, aliviar, consolar, prevenir y dar fortaleza espiritual a los enfermos, con el fin de evitar el sufrimiento humano.

Así pues, invocando al therapon Asclepios y a su fiel therapeutes Hipócrates, podemos definir, de manera solemne, que un acto médico es:

EL conjunto de prácticas y habilidades clínicas, determinadas y específicas, reconocidas, típicas y lícitas, ejecutadas apropiadamente en un concreto y exacto momento de una enfermedad, a un paciente bajo su pleno consentimiento informado o el de sus familiares, por un médico idóneo como su fiel cuidador, servidor, protector, escudero y compañero; como un medio cuya intención y voluntad van dirigidos a conseguir los siguientes fines: diagnosticar, pronosticar, curar, rehabilitar, aliviar, consolar, paliar o promover su estado de salud y prevenir potenciales enfermedades futuras, además de dar fortaleza espiritual, según sean las circunstancia de modo, tiempo y lugar donde suceda el determinado acto médico.

El acto médico entonces, como el átomo a la materia, el gen a la herencia, la célula a la biología y el byte a la informática: es la unidad básica, la esencia última de toda prestación de servicios de salud, independiente del sistema sanitario donde se practique.

Entendido de esta manera, queda claro pues que, dentro del acervo médico, la cantidad de actos médicos es infinita. De esta manera, una enfermedad determinada puede necesitar muchos, diferentes, repetidos y secuenciales actos médicos: una cadena de actuaciones que se deben registrar metódicamente todos los días y a cada momento en la respectiva historia clínica, en una hospitalización, por ejemplo.

Lex artis ad hoc en medicina.

Al corpus, conjunto, cadena o repertorio de actos médicos reconocidos por la comunidad médica internacional, como apropiados y adecuados para intervenir una enfermedad única y determinada, practicados y bien ejecutados en el momento preciso y oportuno a un paciente dado, en el marco de su proceso patológico, por un médico idóneo y autorizado para ejercer la medicina, es lo que la doctrina médica mundial ha llamado ley del arte médico o ley del arte en medicina: popularmente lex artis ad hoc en medicina. Se refiere a una cierta valoración, sobre si la tarea ejecutada por un profesional de la medicina es o no correcta, o se ajusta o no, al deber ser.

Relación médico paciente.

Para empezar, la relación entre una persona que sufre y otra que se encarga de su sufrimiento, debe ser una relación consentida, eminentemente íntima y espiritual, contrario sensu, no sirve. Dicho de otra forma: para que la relación entre la víctima de un sufrimiento y su redentor, consiga el alivio de la primera, el segundo tiene que actuar con el espíritu de un therapon y, convertido en un therapeute, debe accionar en todos los tiempos y espacios el amplio y viejo oficio.

Así, podemos definir la relación médico paciente de manera solemne:

Es aquella relación íntima, voluntaria y consensual, que existe entre un enfermo y su médico, sin interferencia de terceros, donde este último, como su fiel cuidador, servidor, protector, escudero y compañero, aplica al primero y bajo su pleno consentimiento informado o el de sus familiares, los apropiados y adecuados actos médicos acorde con la lex artis ad hoc en medicina, como medios, cuya intención, voluntad y fines son: acompañar, atender, cuidar, servir, asistir, diagnosticar, pronosticar, curar, rehabilitar, aliviar, consolar, paliar o promover su estado de salud y prevenir potenciales enfermedades futuras, además de dar fortaleza espiritual en cada caso, según sean las circunstancia de modo, tiempo y lugar donde sucedan los determinados acto médicos.

La ley 100: el ambiente perfecto.

La memoria y los espíritus de Asclepios y de Hipócrates, es decir,  el acto médico, la lex artis ad hoc en medicina y la relación médico paciente, habitan en ella.

Sin embargo, a pesar de que dicho ordenamiento legal, ha demostrado sus innegables y bien documentadas bondades, también ha quedado claro que, después de más de dos décadas de su existencia, estos buenos espíritus han sido incinerados por los rayos inclementes y calcinantes de los malos espíritus del inframundo.

Moiras, Carontes y Cerberos perturban el acto médico, cortan el hilo de la lex artis y fracturan la relación médico paciente.

La ira de Hades y el castigo de Zeus.

A los médicos y demás trabajadores del sector salud de toda Colombia, igual que a Asclepios, nos cayó encima toda la maldición y el castigo del cielo.

Hoy, la punta del iceberg: Rosario Pumarejo de López de Valledupar, San Juan de Dios de Cali, San Juan de Dios de Cartago, Hospital San Diego de Cereté, Clínica la Esperanza de Montería. Hospitales del Chocó. Clínica de Santa Gracia de Popayán, Hospital de María La Baja, Hospital Nuestra Señora del Carmen de Guamal Magdalena y Hospital Materno Infantil de Soledad, entre muchos otros a lo largo y ancho del país.

Épicos y gloriosos, invisibles y famélicos héroes, aún sobreviven y aún luchan, sin doblegar su coraje, menos su amor y filantropía hipocrática. Así, la inseguridad de pocos: laboral, salarial, física, social y biológica, es la seguridad de todos y, asimismo, con todos sus miedos y maldiciones encima, desde la primera trinchera anti covid, arrojan su propia carne al reino de Hades, el Dios de los muertos que ya los tiene anotados, y ante la insensibilidad inmutable de toda una nación  indolente, impávida en ideologías políticas de otros mundos, como carne de sándwiches entre dos polos, los ven morir, mientras ellos escriben su valerosa epopeya de amor. 

Porque, las estilizadas, elegantes y letales Moiras: las rentistas y acumuladoras EPS, siguen ineluctables, solemnes e imperturbables, cortando hilos de vida, sembrado millones y millones de cebollas: Capas y capas de deudas, de meses y años, intermedian y se lucran sin pudor de millones y millones de actos médicos, de lex artis ad hoc y de relaciones médico pacientes.

De igual manera, sentados en la proa de administraciones públicas y privadas, carontes de la salud, barqueros de la muerte, con sus cuencos llenos de monedas de plata,  atragantados y estragados de gula, ajuntados con cerberos: piratas laborales, tercerizadores inmorales, perros de tres cabezas cebados con tortas de miel y cebada  mantienen en la miseria y en la más soez abyección a cientos de miles de trabajadores de la salud desgaritados por toda la Nación.

Dichos de mi pueblo.

Entregarle la plata de la salud a las  Moiras sería como poner al vampiro Drácula de gerente de un banco de sangre, y contratar a los trabajadores de la salud a través de Carontes y Cerberos, es como mandar una yuca con un puerco.

Adendas. Actualmente cursan en el Congreso de la República varios proyectos de ley sobre salud y formas de contratación laboral. Estemos atentos para convencer a la Nación y a los congresistas de la necesidad urgente de sacar a las Moiras, Carontes y Cerberos, de nuestro sistema de salud.

agosto 18, 2020

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