Un ensayo genético, neurocientífico, histórico y humanístico
Actualidad, Controversia, Opinión

Un ensayo genético, neurocientífico, histórico y humanístico


Una guía para entender al ser humano y a la humanidad


Parte VIII


La homosexualidad: el mejor anticonceptivo del mundo


Por Stevenson Marulanda Plata – Presidente del Colegio Médico Colombiano

En su libro “Historia de la sexualidad”, el eminente humanista galo, ignora totalmente el inmenso poder que los genes ejercen sobre el comportamiento sexual de toda la humanidad. Niega el instinto sexual como herencia biológica, identidad y esencia del animal humano. Desdeña que el 80% de los veintiún mil genes humanos (genoma) codifican características del cerebro y de la mente.

Foucault,  apoyado en la teoría sociológica a priori del constructivismo social​, aquella que desprecia la mente humana como realidad orgánica bioquímica-neuro-endocrina y electro-magnética de la fisiología cerebral de 100 mil millones de neuronas y sus trillones de contactos (sinapsis),  considera de este modo, que los fenómenos psicológicos y sociales nacen a la vida cultural solamente desde contextos sociales. Es decir, que el único oficio de la mente humana es aprender y desaprender (construir —deconstruir—reconstruir) y que, los instintos, emociones, sentimientos y pasiones, son producto solamente de enseñanza cultural. Afirmando de esta manera, que la sexualidad humana como realidad social y cultural del mundo, incluyendo toda la gama de sus presentaciones y variables, es un concepto sociológico, socialmente construido, y por tanto se puede deconstruir, creado por fenómenos sociales, institucionalizado y convertido en tradición y costumbre por los seres humanos, donde lo innato ¡nada que ver! 

El filósofo del poder, lejos de estar pensando en el poder de la biología y del genoma sobre nuestros cuerpos y sus comportamientos —probablemente no conocía nada de estas disciplinas—, inventó los términos biopolítica y biopoder, como artefactos culturales en un contexto social y humanista puro y clásico, más no biológico, para referirse de este modo, al control que poderes exógenos a la persona ejercen sobre los cuerpos vivos de los individuos, a fin de someterlos y gobernarlos a su antojo desde afuera, reprimiendo su voluntad en búsqueda permanente del control social por esos poderes superiores, como el Estado, la Iglesia, los patrones, los padres, etc.

La sexualidad es un complejo proceso orgánico-evolutivo:

GENÉTICO-NEURO-HORMONAL- MENTAL-VISCERAL-AMBIENTAL

La sexualidad es más vieja que la joven humanidad. Fue heredada de los prístinos animales. Su fin teleológico-evolutivo fue pensado como estrategia genial a fin de conservar y perpetuar las especies y la generosidad de la providente placenta: la biodiversidad, a través de la reproducción sexual, la recombinación genética y la escogencia de los mejores genes, generación tras generación.

Las lecciones evolutivas aprendidas por cuerpos y mentes de hombres y mujeres primitivos, ancestro tras ancestro, desde hace millones de años, a fin de enfrentar los desafíos de la mera existencia, la reproducción y la supervivencia exitosas de las especies, todavía hoy, continúan transmitiéndose genealogías tras genealogías, porque quedaron hondamente codificadas genéticamente en nuestro ADN corporal-mental. De esta forma, nuestros antiquísimos cerebros sapiens cuentan hoy con un implacable dispositivo animal: irracional, ilógico, involuntario, hedónico y adictivo. Es el circuito neuronal mesolímbico del deseo-placer, del enamoramiento y del emparejamiento sexual, cuya potente gasolina es el explosivo neurotransmisor dopamina, y se ubica en las profundidades primarias de nuestra misteriosa masa encefálica, desde donde se conecta a los cinco sentidos, a la memoria, y a todas las vísceras sexuales: hipotálamo, testículos, ovarios, pene, clítoris, vagina, piel y etcétera etcétera.

Daniel Lieberman y Michael E. Long en “Dopamina”, su fascinante libro, lo describen así:

“Este circuito dopaminérgico evolucionó para fomentar conductas dirigidas a la supervivencia y a la reproducción, o, simplificando, para ayudarnos a conseguir alimento y sexo, y ganar a los competidores”

“Explora constantemente el entorno en busca de nuevas fuentes de alimento, cobijo, oportunidades para emparejarse y otros recursos que mantendrán la replicación del ADN”

El diseño y fabricación de este circuito o cableado neuronal cerebral viene programado evolutivamente por un combo de genes sexuales cerebro – mentales, para que se forme, estructure y desarrolle desde la fecundación en el útero materno. De este modo, está presente desde el momento en que nacemos, y al llegar la pubertad crece y se activa por acción de variados cocteles de sustancias químicas que actúan como fertilizantes de acción rápida, las cuales viajan por la sangre, son las llamadas hormonas sexuales: estrógeno, testosterona, dehidroepiandrosterona y progesterona.

¿EXISTE EL “GEN GAY”?

Al respecto dice el genetista estadounidense Dean H. Hamer:

“El “gen gay” quizá ni siquiera sea un gen en el sentido tradicional, si no regiones cromosómicas o “zonas gais”. Cualquiera que sea su identidad molecular, una cosa es cierta: tarde o temprano se descubrirá la naturaleza exacta de los elementos heredables que influyen en la identidad sexual humana”. “A linkage between DNA markers on the X crhomosome and male sexual orientation, Science, vol. 261, n. 5119 (1993), pp. 321-327. 

Sin embargo, los genes no son capaces de explicar por sí solos el complejo comportamiento de la sexualidad humana. Así, lo afirma la neuropsiquiatra de la Universidad de California Louanne Brizendine en su reciente Best Seller “El cerebro femenino”: 

“El desarrollo cerebral y el estado hormonal en el útero, la suma de cuidados que se reciban en la infancia y las experiencias emocionales determinan variaciones en los circuitos cerebrales del amor”

“El primer principio de la organización del cerebro consiste en la suma de genes y hormonas, pero no podemos desatender el ulterior esculpido cerebral que resulta de nuestras interacciones con otras personas y nuestro entorno”

Esto significa que el circuito neuronal mesolímbico del deseo-placer, del enamoramiento y del emparejamiento sexual, a través del tiempo embrionario, la infancia y la adolescencia, en algunos casos no es fijo, estable, leal y fiel a la genética masculina o femenina que la unidad genealógica biológicamente le asignó, y se puede restructurar. En algunos casos a este fenómeno se le llama epigenética. De este modo, por ejemplo, el comportamiento sexual de una persona varón, cuyo embrión hubiese sido fecundado genéticamente masculino, y no hubiese tenido un baño eficaz de testosterona durante el octavo mes de embarazo, como debe ser, podría tener un comportamiento afeminado o ser abiertamente homosexual. Lo contrario también puede suceder; el de un embrión genéticamente femenino que haya sido sometido a una sobre exposición de esta hormona masculinizante, la mujer adulta podría sentir deseo sexual por otra mujer.

LA UNIDAD GENEALÓGICA: EL ALTAR DE LA SEXUALIDAD

El genoma humano, como el de los demás animales y el de algunas plantas, entonces, es eminentemente sexual. La sexualidad, pilar fundacional de la biología, es una capacidad biológica, un instinto animal antiquísimo, de alta prioridad y valor genómicos evolutivos, pues es el único método de recombinación genética, de reproducción y de selección natural que tenemos la especie humana, otros animales y plantas, para perpetuarnos en la Tierra, compartir redes de genes y formar la unidad básica de las sociedades: la familia.

La sexualidad como deber genético mayor —con el ánimo de tener descendencia “formal” y formar familia— se ejerce a través de unidades genealógicas. Vale decir, la unión copulativa de un hombre con una mujer uniendo 23 cromosomas paternos (espermatozoide producido por los testículos) con 23 cromosomas maternos (óvulo producido por el ovario), provenientes de las respectivas meiosis (división del número de cromosomas por la mitad).

LA HOMOSEXUALIDAD: EL MEJOR ANTICONCEPTIVO DEL MUNDO

Sin que sus experiencias sexuales sean consideradas marginales, raras (queer), “excéntricas y sin derecho de ciudadanía en la vida cultural” al decir de Vargas Llosa, y sin perjuicio de la moralidad universal, la que el lingüista Noam Chomsky, un tanto enfadado, un día reclamó al filósofo constructivista Michael Foucault, en un electrizante debate televisivo en 1971 sobre la sexualidad humana, los homosexuales y todos los seres humanos tienen el derecho autónomo: natural-instintivo y bilógico-social de enamorarse, y de ejercer su propias orientación e identidad sexual, y sexualidad como proceso orgánico-evolutivo: genético-neuro-hormonal- mental-visceral-ambiental, de manera libre y autónoma.

Sin embargo, también es cierto que, como verdad científica, como imperativo biológico, nunca sus meiosis se juntarán para formar una unidad genealógica y tener una familia biológica. Es un imposible biológico. De manera que, aunque tengan cópulas tras cópulas: sensuales, eróticas, orgásmicas, tiernas y amorosas, jamás podrán impactar negativamente la preocupación del reverendo Robert Malthus: la sobre población del planeta. Todo lo contrario, son un gran alivio demográfico.

Fonseca, La Guajira, agosto 23 del 2023.

agosto 24, 2023

4 COMMENTS ON THIS POST To “Un ensayo genético, neurocientífico, histórico y humanístico”

  1. COMPA
    ¡¡¡FELICITACIONES CADA VEZ TU MENTE MÁS LUCIDA Y TU CAPACIDAD DE HILVANAR IDEAS, DE HACERNOS DEVOLVER A CIENCIAS BÁSICAS EN NUESTRA INTERMINABLE FORMACIÓN Y A NUESTRO PRIMER ENAMORAMIENTO…!!!

  2. Bárbaro, la doctora Barón no aguantaría … vociferaría, insultaría y amenazaría con castigos crueles y públicos … (ya lo hizo más de un
    a vez)

  3. Un excelente escrito, profe. Muchos de los temas que usted aborda ni siquiera se nos ocurren, más allá de la banalidad con que por lo general los asumimos. Gracias, profesor Tincho

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