El día 4 de febrero se conmemoró el día de la lucha contra el cáncer y si bien la palabra lucha refleja lo que día a día viven los pacientes y sus cuidadores, es importante destacar la lucha que se enfrentan los médicos y profesionales de la salud en el ecosistema propio del país.
Por: Doctora Claudia Alejandra López Cabra, médica cirujana, magister y especialista en epidemiología; economista de la salud. Gerente de economía de la salud y estudios de resultados- HEOR, Bayer Andina y Centroamérica y Caribe
Según la Cuenta de Alto en Colombia para el 2024, se reportaron 650.907 personas con reporte de al menos un diagnóstico de cáncer de la población asegurada. Dentro del reporte, quienes reportan mayor proporción de casos son de género femenino en un 62,5%.
De los casos incidentes, en el caso de hombres, la mayoría son próstata, seguido de colon y recto y estómago; en cambio, en mujeres, son cáncer de mama, cérvix y colón y recto. Lo anterior, nos permite identificar que en general la distribución de casos en términos de incidencia y tipos de cáncer no ha cambiado significativamente en el tiempo, que la dinámica de prevalencia e incidencia han aumentado como lo ha reportado múltiple evidencia en el tiempo y que los datos permiten tomar mejores decisiones.
Pero, y de barreras, ¿qué conocemos del impacto en el profesional de la salud?
En Colombia, hablamos mucho —y con razón— del impacto devastador que el cáncer tiene sobre los pacientes y sus familias. Sin embargo, hay un grupo cuyas consecuencias rara vez ocupan titulares, pero que sostiene silenciosamente la lucha diaria contra una de las mayores epidemias de nuestro tiempo: los profesionales de la salud.
Lo anterior, se agudiza en contexto real de un talento humano que se reduce y una carga de enfermedad que se concentra. Colombia no cuenta con suficientes oncólogos, radioterapeutas, patólogos ni cirujanos oncológicos. Un estudio del Instituto Nacional de Cancerología (INC) evidencia un déficit de especialistas oncólogos en Colombia, donde las estimaciones muestran que cada oncólogo clínico atiende aproximadamente 830 casos nuevos y se necesitarían 626 especialistas adicionales para alcanzar el estándar de 150 casos por cada especialista en un país de más de 50 millones de especialistas; por tanto, la carga no solo es de pacientes y cuidadores, o del sistema de salud, es también para el profesional que enfrenta directamente el problema en salud en una consulta o en un procedimiento.
Con relación a las barreras importantes para los pacientes que generan impacto, están los tiempos prolongados de espera desde la primera consulta al diagnóstico y del diagnóstico al tratamiento donde se documentan que pueden superar tiempos medianos de 60 a 90 días en patologías como mama o cérvix, lo cual refiere un reto no solo para las familias si no también para los profesionales de salud, médicos y personal inmersos en el sistema de salud.
Para el paciente el impacto clínico tardío puede significar disminuciones de supervivencia de hasta el 70%, un impacto psicosocial importante por aumentar la ansiedad, depresión y sentimientos de desconfianza dentro del sistema donde impactan adherencia y bienestar general del paciente u familia y un impacto adicional a nivel de costos no médicos directos en términos de transporte, cuidados que pueden incrementar entre 25 y 40% los costos del hogar.
Para el sistema de salud, al impacto pueden conllevar hasta un gasto directo en salud de más de 6 veces de un cáncer en etapa temprana versus etapa avanzada como en el cáncer colorrectal o de mama reportado y las EPS experimentan incrementos en reclamaciones por tutela y recobros por las fallas en el acceso temprano, además de incrementos tardíos que presionan la UPC y aumentan el costo del riesgo en enfermedades de alto costo.
Con relación a los prestadores, también se identifica un impacto importante de esta barrera, como sobrecarga de servicios y ocupaciones críticas, además de fragmentación de la atención por las referencias tardías, múltiples interconsultas y pérdida de continuidad que conllevan a mayor costo operativo, disminución de márgenes en servicios capitados o en negociaciones de Pago Global Prospectivo (PGP).
Ahora, el profesional de salud, inmerso como el escudero que enfrenta en la consulta a la situación directa del paciente e interactúa con todos los componentes del sistema, enfrenta las consecuencias de los tiempos tardíos, en términos de frustraciones clínicas, estrés y aumento de que se agudizan cuando los profesionales están en zonas lejanas o rurales dada la responsabilidad que acarrea de contar con menos profesionales y menos herramientas.
Sumado a la necesidad de manejar los casos avanzados con uso de terapias más costosas o de carácter más paliativo que curativo, con menor probabilidad de éxito que conllevan también a la impacto reputacional y percepción de baja calidad de atención.
Ahora, si evaluamos desde perspectiva de la carga de la enfermedad, el cáncer contribuye una pérdida en términos de años de vida saludables que constituyen la suma de los años vividos con discapacidad más los años perdidos por muerte prematura.
Lo que pocas veces se dice, es que la carga creciente del cáncer, combinada con los retrasos estructurales en diagnóstico y tratamiento, está generando una crisis silenciosa: una tormenta que erosiona la salud emocional, física y moral del talento humano en salud. Médicos generales que deben reconocer señales tempranas. Patólogos que analizan cientos de muestras al límite de su capacidad.
Oncólogos obligados a tomar decisiones complejas en un sistema que no siempre acompaña. Enfermeras que asisten a pacientes que llegan tarde, demasiado tarde, sumado a uno de los fenómenos menos discutidos en nuestro país es el estrés moral. No es el cansancio físico. No es burnout administrativo. Es algo más profundo. Es saber lo que se debe hacer —por ejemplo, iniciar una quimioterapia curativa a tiempo— y no poder hacerlo debido a barreras de tiempo, demoras en estudios, fragmentación del sistema. La literatura describe esto como “moral distress”.
El moral distress que experimentan los profesionales de la salud en oncología surge cuando conocen con claridad el curso clínico ideal para un paciente —por ejemplo, iniciar un tratamiento potencialmente curativo dentro de los tiempos recomendados— pero hay factores que les impide actuar. En cáncer, esta barrera puede ser una biopsia que tarda semanas, una autorización que no llega, un estudio que se desplaza entre IPS sin coordinación o una referencia que se pierde en la fragmentación del aseguramiento.
La literatura describe que este choque entre “lo que se debe hacer” y “lo que realmente se puede hacer” genera una profunda disonancia moral, que erosiona la toma de decisiones, activa sentimientos de impotencia y afecta el bienestar emocional del profesional. En Colombia, los informes del Instituto Nacional de Cancerología y del Ministerio de Salud han documentado que las demoras recurrentes en las rutas de atención —particularmente en cáncer de mama, cérvix, colon y próstata— generan frustración sistémica en el equipo clínico, al tener que enfrentar pacientes en estadios avanzados que podrían haberse beneficiado de intervenciones tempranas.
Esta tensión sostenida se relaciona directamente con angustia, despersonalización y mayor vulnerabilidad emocional entre el talento humano asistencial. Ahora esto no es un evento aislado, sino un proceso acumulativo que, cuando persiste, se transforma en moral residue: la huella emocional que queda luego de episodios repetidos en los que el profesional no pudo actuar conforme a sus valores éticos o a su criterio clínico.
Estudios internacionales muestran que esta carga aumenta el riesgo de depresión, insomnio, deterioro de la salud mental y abandono laboral, particularmente en oncología, una de las especialidades con mayor desgaste emocional a nivel global. En el contexto colombiano, donde la fragmentación del sistema exige que los profesionales gestionen trámites, autorizaciones y procesos administrativos.
El moral distress se convierte en un factor crítico de burnout, disminución del rendimiento profesional y pérdida de talento humano altamente especializado. La evidencia también indica que esta tensión moral prolongada está asociada con mayor intención de renuncia, dificultades en la relación médico-paciente y deterioro en la calidad de la atención oncológica, lo que finalmente impacta no solo al individuo sino a todo el ecosistema de atención del cáncer.
Este estado sostenido genera una forma de disonancia ética que, con repetición, se transforma en esa cicatriz psicológica denominada “moral residue” que dejan episodios sucesivos donde el profesional no pudo actuar conforme a sus principios clínicos y humanitarios. La evidencia muestra que este residuo moral es un disparador directo de burnout severo, mayor percepción de ineficacia personal, desvinculación emocional y agotamiento profundo.
La literatura demuestra que cuando el moral distress se mantiene sin resolución, sus repercusiones van más allá del bienestar emocional del clínico: afectan la retención del talento humano especializado, generan intención de abandono laboral y erosiona las bases de la relación médico-paciente. En oncología este impacto es crítico, porque el cuidado depende de equipos estables, altamente especializados y emocionalmente disponibles.
Estudios internacionales, muestran que el moral distress sostenido y el burnout aumentan la probabilidad de errores médicos, reducen la capacidad del personal para establecer empatía y deterioran la calidad de las decisiones clínicas, especialmente en contextos de alta complejidad como el manejo de pacientes con cáncer avanzado.
En Colombia, donde el número de oncólogos, patólogos y radioterapeutas es insuficiente y mal distribuido territorialmente, cada renuncia o rotación causada por desgaste emocional profundiza la escasez y sobrecarga a quienes permanecen en el sistema, generando un círculo vicioso: menos talento → más carga → más moral distress → más burnout → más fuga de especialistas. El efecto final no solo afecta al individuo, sino también a la seguridad del paciente, la oportunidad terapéutica y la sostenibilidad operativa del ecosistema del cáncer.
Por eso, la situación del cáncer en Colombia no sólo son los casos de pacientes y sus consecuencias, no es solamente la carga de enfermedad y emocional considerable para el paciente y cuidadores, no es solamente la prevalencia, incidencia y mortalidad, no es la carga en costos, administrativa y de enfermedad para el pagador, para el gobierno sino también la carga que representa para la primera línea de atención, el médico, la enfermera, el profesional de la salud en general que día a día se enfrenta a las barreras, incertidumbres y articula el ecosistema del sistema de salud, el núcleo familiar del paciente y la propia enfermedad del paciente.
Fuente: Órgano de información del Colegio Médico Colombiano. Epicrisis. Ed. N° 39 (Marzo – Mayo 2026). ISSN: 2539-505X (En línea). #SaludDignaYa










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