¿Cuál es el rol de los médicos frente a la avalancha de información no validada? En un ecosistema saturado, la salud es hoy un mercado de narrativas sin brújula, donde cada protagonista compite por imponerse.
Por: Dr. Esteban Crosio, Médico y docente (Facultad de Ciencias Médicas – UNR) – Divulgador científico en IntraMed.
Nota: Epicrisis es el órgano oficial de comunicación del Colegio Médico Colombiano. La opinión y conceptos personales expresados en los artículos firmados por un tercero no reflejan la posición de Epicrisis o del Colegio Médico Colombiano-CMC-.
“El pez nunca descubre que vive en el agua. De hecho, como vive inmerso en ella, su vida transcurre sin advertir su existencia. De igual forma, una conducta que se normaliza en un ambiente cultural dominante se vuelve invisible”. Michel Foucault.
No fue de un día para el otro. A pesar de los enormes avances tecnológicos, la medicina fue cediendo terreno en el plano del relato y del contacto, hasta desembocar en la actual era del autodiagnóstico. SIBO, inflamación crónica y déficit de dopamina encabezan una lista cada vez más extravagante.
La confianza entre pacientes y médicos se diluye progresivamente cuando la interpretación del padecimiento busca otros atajos. Esta crisis se juega tanto dentro como fuera del hospital, donde merodean los fantasmas de la inteligencia artificial y la expansión incansable de las pseudociencias y sus voceros. ¿Cómo entender este nuevo paradigma?
La era del Phono sapiens: la conversación comienza sin nosotros.
Un artículo reciente de la revista JAMA – When Patients Arrive With Answers – anticipa un cambio decisivo en el modelo actual: muchas personas llegan con diagnósticos generados por inteligencia artificial que consideran plausibles y completos.
Estas herramientas no entregan búsquedas, sino respuestas sin matices, redactadas con una seguridad que oculta la posibilidad de error. El profesional se enfrenta así a un análisis paralelo: evaluar el caso real y desarmar una interpretación previa que el usuario/paciente ya asumió como punto de partida. El encuentro, que antes nacía en el consultorio, hoy empieza en una pantalla. El phono sapiens llegó para quedarse.
La digitalización sumó velocidad y también interferencias. Pero reducir la tecnología a un problema es una lectura incompleta. La IA puede aliviar tareas repetitivas, agilizar procesos y devolver tiempo para pensar.
El obstáculo no es la herramienta, sino el fundamentalismo ideológico: desde quienes la veneran como infalible hasta quienes rechazan por reflejo. Ambos extremos son estériles. Su impacto no depende de la máquina, sino del criterio con que se la incorpora y del momento en que interviene en la trinchera asistencial.
En Noise, Daniel Kahneman expone un hallazgo incómodo: incluso entre profesionales entrenados, el juicio humano es inestable. Dos especialistas analizando un mismo caso pueden llegar a decisiones distintas sin un motivo claro.

Esta variabilidad no deriva de la ignorancia, sino de la propia arquitectura del juicio. Kahneman la llama “ruido”: variaciones impredecibles en decisiones que deberían converger. En medicina, esa dispersión no es un detalle conceptual y afecta acciones concretas.
Cuando ese ruido sale del ámbito profesional y se multiplica en reels proféticos, teorías conspirativas y personajes altaneros que responden al instante, el panorama se vuelve aún más confuso.
Lo que antes era variabilidad entre espectos se transforma en infoxicación narrativa: explicaciones múltiples en disputa sobre un mismo problema.
Ya no es solo ruido: es una saturación de historias que coincida al paciente antes de cualquier consulta y distorsionan el juicio médico en la comprensión del cuadro.
En paralero, la evolución tecnológica transformó el modo en que se construyen las explicaciones sobre la salud: del buscador al generador. Google devolvía resultados diversos; ChatGPT entrega argumentos articulados, infiere causalidades y sugiere cursos de acción.
Por eso muchos llegan con conclusiones tentativas y tratamientos sugeridos por un sistema que escribe con solvencia sin mostrar su verdadero nivel de evidencia.
“Allí, donde la medicina fracasa, florece la superstición”. Ivan Illich.
Marketing emocional vs. comunicación científica
La proliferación de contenidos por parte de influencers y chamanes virtuales instaló una nueva forma de ansiedad: la cibercondría. Es la medicalización del bienestar, donde cualquier molestias leve se vuelve una amenaza potencial.
Esto no implica solo exceso de datos, sino de expresiones sin contexto que amplifican el temor y la demanda. Cuanto más se busca alivio en la pantalla, más crece la inquietud que el dispositivo mismo genera.
Las vidrieras de entretenimiento móviles operan como consultorios colectivos sin antecedentes, sin método y sin consecuencias. Allí se confunden certezas aparentes, recomendaciones comerciales y testimonios maquillados de rigor. En ese espacio, la oferta sin sustento busca clientes, no enfermos, consumidores, no personas.
Su fuerza no proviene de la verdad, sino de la ilusión de control que produce un scroleo irracional que nunca encuentra final.
El contraste con la literatura científica es evidente. Una notable publicación del New England Journal of Medicine – Strategies to Reinvigorate the Bedside Clinical Encounter – plantea la contracara de las promesos sin respaldo: recuperar la cita clínica real.
La presión por producir y el pase de sala realizado fuera de la habitación reducen el contacto con las personas a una mínima fracción. Sin embargo, los números son contundentes: en una proporción sustancial de las internaciones, la combinación de historia y examen físico permite llegar al diagnóstico, y uno de los errores más frecuentes sigue siendo, simplemente, no explorar.
Para los autores, la presencia no es nostalgia, sino eficacia: estar allí, observar y auscultar mejora decisiones, comunicación y sentido profesional. Cuando ese encuentro se debilita, se abre un terreno fértil para explicaciones alternativas que ofrecen tiempo y convicciones que la práctica cotidiana dejó de garantizar.
¿Por qué tantas personas adoptan convicciones médicas infundadas y las sostienen incluso frente a pruebas contrarias? En False, el psiquiatra Joe Pierre explica que no se trata de ignorancia, sino de necesidades psicológicas básicas: reducir incertidumbre, sentir control y pertenecer a un grupo que ofrece explicaciones simples para problemas complejos.
Las creencias falsas no se derrumban con más datos, porque no funcionan como hipótesis científicas, sino como refugios emocionales. Pierre subraya que cuando una idea promete sentido inminente, la verosimilitud se vuelve más poderosa que la realidad. La mentira regala algo irresistible: alivio inmediato.

Dietas milagrosas, “desintoxicaciones”, biodescodificación, terapias energéticas, suplementos mágicos y la plaga antivacunas comparten la misma perversa estrategia: simplifican lo complejo, asignan una causa única y ofrecen caminos sin escalas.
Convierten malestares cotidianos en explicaciones manejables, sin fisuras ni dudas. Frente a ese modelo, la medicina basada en evidencia enfrenta un dilema incómodo: su honestidad es menos seductora que una validación inventada.
En un escenario donde lo verosímil puede sonar más convincente que lo verdadero, surge una pregunta inevitable: ¿estamos discutiendo ciencias o expectativas?
En este escenario, el profesional enfrenta un desafío doble: contener la infoxicación sin descalificar y reconstruir legitimidad sin caer en el verticalismo. Ya no alcanza con tener el conocimiento correcto; es necesario transmitirlo con claridad, oportunidad y repeto.
La paradoja es evidente: las personas acceden a más información que nunca, pero confían menos. La relación clínica, antes sostenida en la pericia técnica, hoy depende en gran medida de la coherencia interpersonal. Un título puede abrir la puerta, pero solo la conducta sostenida -en la consulta y fuera de ella- mantiene ese vínculo disponible.
“El drama de internet es que ha promovido al tonto del puebli a portador de la verdad” Umberto Ecco.
La autocrítica que incomoda
El divorcio no empezó con la tecnología. Comenzó cuando la práctica dejó de disponer el recurso más valioso: tiempo. El célebre artículo “Medicina basada en la etiqueta”, de Michael Kahn, no solo adviritó décadas atrás el problema: propuso una clave decisiva.
Recordó que saludar por el nombre, sentarse a la misma altura y sostener la mirada mejora la compresión, reduce la ansiedad y aumenta la adherencia terapéutica. No es cortesía: es eficacia. Cuando ese modo de relacionarse se abandona y la atención se reduce a ejecutar y registrar, la autoridad se vacía y el vínculo se desgasta. Ahí se inició la separación.
La inteligencia artificial no generó ese alejamiento: apenas lo hizo visibile. El paciente llegó primero a estos recursos porque encontró respuestas allí donde el sistema estaba saturado o ausente. La historia ofrece una advertencia precisa: Laennec creó el estetoscopio para acercarse, no para sumar mediadores.
El riesgo actual es invertir ese principio y sustituir juicio por mecanismo. Como señala Nassim Taleb en Skin in the Game, ninguna profesión mantiene credibilidad si está desvinculada del impacto real de sus decisiones.

Por eso, la próxima transformación en sald no será tecnológica, será colectiva. Ningún profesional aislado puede sostener confianza en un escenario complejo. La colaboración entre médicos, equipos e instituciones es la nueva condición de legitimidad.
La medicina recuperará autoridad cuando recupere presencia, coordinación y responsabilidad activa. Y entonces, estimado colega, el encabezado de esta editorial dejará de ser un lamento y se volverá un grio necesario: el problema no es que mi paciente no me quiera; es que nadie quiere confiar en elguien que trabaja solo.
“El pez -decía Foucault- no advierte el agua que lo rodea. Tal vez nosotros tampoco. Detenemos, mirar y escuchar puede ser el primer gesto para recuperar algo esencial: la voz de quien aún decide confiar en nosotros”.
















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