En Colombia, hablar de ensayos clínicos en oncología es hablar de una necesidad urgente, pero también de una oportunidad histórica. Urgente porque el cáncer ya no es un problema “de otros países”: aquí también crece, se diagnostica tarde con frecuencia, y golpea con más fuerza cuando el sistema llega tarde o llega incompleto.
Por: Doctor Jheremy Reyes, MD, MSc- Los Cobos Medical Center – Universidad El Bosque – Cancer and Molecular Medicine Research Group (CAMMO).
Doctor Jheremy Sebastián Reyes, MD – Cancer and Molecular Medicine Research Group (CAMMO)
Doctor Cristian S. Cabezas, MD – Cáncer and Molecular Medicine Research Group (CAMMO)
Oportunidad porque, a pesar de las barreras reales, Colombia tiene una base clínica sólida, talento médico de alto nivel y una red de instituciones que, bien articulada, podría convertir la investigación clínica en un motor de equidad, calidad y soberanía sanitaria.
Los desafíos son conocidos, pero no por eso menores. El primero es la fragmentación: pacientes que pasan por múltiples IPS, autorizaciones que se demoran, historias clínicas que no siempre se integran, y un “viaje” administrativo que a veces compite con la biología del tumor.
En oncología, el tiempo no es una variable neutra. Cada semana perdida puede traducirse en estadio más avanzado, menos opciones terapéuticas y mayor costo humano y económico.
Un ensayo clínico exige rutas claras, seguimiento estricto, mediciones repetidas y protocolos sin improvisación. Si el sistema no garantiza continuidad, la investigación se vuelve cuesta arriba.
El segundo reto es la infraestructura y estandarización. Un ensayo no es solo “dar un medicamento nuevo”. Es tener patología confiable, biomarcadores validados, imágenes comparables, farmacovigilancia, manejo de eventos adversos, laboratorios con control de calidad, y equipos entrenados en Buenas Prácticas Clínicas.
Esto no se improvisa. Requiere inversión y, sobre todo, cultura: la disciplina de medir bien, documentar bien y reportar bien, incluso cuando la presión asistencial está al límite.
El tercer desafío es la confianza. En Latinoamérica, la palabra “ensayo” aún puede sonar a experimento injusto o a riesgo innecesario. Y esa percepción no se combate con publicidad, sino con transparencia.
Consentimientos claros, comunicación en lenguaje cotidiano, acompañamiento real y el compromiso explícito de que el paciente no es un “dato”, sino una persona con derechos. La ética no es un requisito burocrático: es el núcleo del contrato social de la investigación.
También está el reto del financiamiento y de las prioridades. Muchas veces los ensayos llegan impulsados por la industria, lo cual no es malo en sí, pero puede dejar por fuera preguntas clave para Colombia: ¿cómo optimizamos el diagnóstico temprano en regiones? ¿Qué estrategias funcionan en poblaciones con barreras de acceso? ¿cómo combinamos tratamientos con realidades socioeconómicas específicas? Si el país no define parte de su agenda científica, corre el riesgo de ser solo un “sitio de reclutamiento” y no un productor de conocimiento relevante.
Entonces, ¿por qué insistir? Porque los ensayos clínicos son una herramienta concreta para cerrar brechas. En un sistema donde la calidad puede variar por territorio y por capacidad de pago, un ensayo bien hecho impone estándares: seguimiento más riguroso, protocolos claros, auditoría constante.
No es raro que un paciente en ensayo reciba una atención más coordinada, no por magia, sino porque el protocolo obliga a que las piezas se conecten. Y esa “exigencia” puede derramar beneficios hacia la práctica cotidiana.
Además, los ensayos permiten que Colombia no dependa exclusivamente de evidencia producida en contextos distintos. La oncología moderna se mueve hacia terapias dirigidas e inmunoterapia, donde la respuesta depende de perfiles moleculares y de características poblacionales.
Tener datos propios importa: para guías clínicas, para decisiones de cobertura, para negociar precios con mejores argumentos y para diseñar políticas públicas basadas en evidencia local. En otras palabras: ensayos clínicos también son soberanía.
Pero hay una razón más humana, y quizá la más poderosa: en cáncer, la innovación no es un lujo. Para algunos pacientes, un ensayo puede ser el acceso a una alternativa cuando las opciones estándar se agotan.
Eso no significa vender esperanza falsa ni prometer curas. Significa ofrecer una puerta adicional, con reglas claras, con vigilancia estricta y con ética. Significa convertir la incertidumbre en conocimiento que ayude al siguiente paciente, al siguiente hospital, al siguiente equipo.
Colombia debería apostar por una visión estratégica: fortalecer centros regionales con capacidades básicas de investigación, simplificar trámites sin debilitar la ética, integrar datos clínicos con calidad, formar coordinadores y equipos de investigación, y promover alianzas entre universidades, hospitales y entidades regulatorias.
Hacer ensayos clínicos en oncología no es fácil, pero es justamente por eso que vale la pena. Porque cada ensayo bien diseñado no solo prueba un tratamiento: prueba si un país puede organizarse alrededor de lo más importante, que es cuidar a su gente con ciencia, dignidad y responsabilidad.
Fuente: Órgano de información del Colegio Médico Colombiano. Epicrisis. Ed. N° 39 (Marzo – Mayo 2026). ISSN: 2539-505X (En línea). #SaludDignaYa










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