Hablar con franqueza en tiempos de confusión no es un acto de agresión sino de responsabilidad moral.
Por: Martha García – Médica cirujana egresada de la Universidad del Valle – Especialista en cirugía general Universidad del Valle -Programa de Gastroenterología clínico quirúrgica Universidad de Caldas.
El silencio cómodo cuando el daño es evidente, deja de ser prudencia y se convierte en complicidad.
Como médica y con el estudio básico de comportamiento humano que adquirimos en nuestra formación, podemos reconocer que existen formas de liderazgo que erosionan la dignidad colectiva, aún cuando se presenten como proyectos de justicia social. No todo discurso que se proclama en nombre del pueblo lo protege.
Cuando el poder se ejerce desde el ego, la necesidad de protagonismo, la intolerancia a la crítica y la convicción de poseer la verdad absoluta , el líder intenta corregir la realidad a la fuerza, la evidencia estorba, el conocimiento se desprecia, las instituciones dejan de ser imprescindibles, son tratadas como obstáculos, no como garantías.
Desmantelar un sistema de salud que aún con todas sus falencias ofrecía cobertura como ninguno, calidad , incluso reconocimiento internacional, no es un acto revolucionario, no es transformación social, es una irresponsabilidad ética de consecuencias humanas profundas.
Cada decisión tomada sin rigor técnico, cada improvisación ideológica, termina traduciéndose en sufrimiento real para los ciudadanos, especialmente para los más vulnerables.
Resulta moralmente reprochable instrumentalizar la pobreza, utilizar el dolor, sembrar resentimiento contra quienes hacen empresa y producen, dividir a la sociedad en bandos “ricos y pobres”, esto no es gobernar, es manipular y la manipulación, aunque se vista de causa social, sigue siendo una forma de abuso del poder.
Gobernar desde la descalificación constante, desde la narrativa del enemigo interno, desde la sospecha hacia todos los que disienten es un estilo que no fortalece la democracia, la debilita, no dignifica al pueblo: lo desgasta. No construye justicia, normaliza el caos.
La comunidad tiene el deber de mirar más allá del discurso y exigir hechos, resultados y responsabilidad. No hay ética en destruir lo que sostiene la vida, ni dignidad en sacrificar el bienestar colectivo para sostener un relato personal.
Aunque la historia es implacable con los liderazgos que confunden moral con ego, cambio con persecución y abuso de poder y siempre deja constancia de las consecuencias, tarda en hacerlo y es por eso que nuestro deber es hacer una denuncia moral y hacer lo que esté en nuestras manos para cambiar el rumbo.
Dejemos la apatía, este es un momento crítico para el país y votar responsablemente es un deber ciudadano; el voto en blanco, en estas circunstancias, es renunciar a esa responsabilidad, votar por quienes han apoyado traidores de la patria es de alguna manera traicionar a la patria. Votar por quienes piensan y transpiran comunismo puro es darnos el empujoncito al abismo.
Pensemos en el futuro de nuestros hijos.
Las decisiones que tomemos hoy marcarán el país que ellos heredarán mañana. Tenemos una responsabilidad histórica con ellos y con Colombia. No podemos fallar.
Fuente: Órgano de información del Colegio Médico Colombiano. Epicrisis. Ed. Nº 39 (Marzo-Mayo 2026). ISSN: 2539-505X (En línea). #SaludDignaYA










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