Que ese “único” cierre brechas: repensar el cáncer desde la desigualdad social
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Que ese “único” cierre brechas: repensar el cáncer desde la desigualdad social

El mensaje de la Unión internacional contra el Cáncer (UICC) para este 4 de febrero, Día Mundial Contra el Cáncer es: “unidos por lo único”.


Por: María Isabel Calderón Cortés – Politóloga – Magister en Estudios Polìticos – Instituto Nacional de Cancerología.


La UICC parte de una premisa fundamental: el cáncer es una enfermedad de largo curso que va más allá de lo biológico y que afecta de manera profunda la vida mental, social y económica de las personas. Su impacto no se limita al cuerpo, sino que alcanza familias, redes de cuidado y comunidades.

La atención clínica y el control de los síntomas son esenciales y primordiales para el tratamiento, pero la experiencia del cáncer no puede comprenderse ni abordarse de manera integral si estos esfuerzos se desarrollan de manera aislada.

La atención oncológica tradicional tiende a centrarse, en mayor medida, en la dimensión biológica, descuidando aspectos como los ingresos, las condiciones de vida, los sistemas de apoyo y el género, elementos que desempeñan un papel decisivo en la forma en que las personas acceden a la atención, atraviesan los tratamientos y logran recuperarse.

Por supuesto, reconocer estas dimensiones, no implica en absoluto restar valor a lo clínico, sino ampliar su alcance para responder de manera más justa y efectiva a la complejidad real de la enfermedad.

Desde esta perspectiva, la UICC propone avanzar hacia modelos de atención que reconozcan a los pacientes como sujetos activos. Sus necesidades, valores y contextos deben ser considerados en la planificación, la prestación y la evaluación de los servicios de salud.

Lo anterior supone un cambio en la manera de concebir el modelo de atención oncológica, al reconocer que el cáncer es mucho más que un diagnóstico médico: es una experiencia profundamente personal, atravesada por historias de dolor, resiliencia, cuidado y esperanza.

Distinguir estas particularidades requiere aceptar que dichas experiencias no se producen en condiciones de igualdad. Precisamente porque cada historia es única, no puede existir una respuesta homogénea ni un modelo de atención que trate a todos por igual en sistemas profundamente desiguales.

Si la UICC nos convoca a ver a la persona detrás del diagnóstico, esa singularidad humana exige reconocer que las brechas sociales, económicas y de género determinan quién accede, quién se retrasa y quién queda excluido.

Estar verdaderamente unidos por lo único implica transformar la atención del cáncer en una respuesta que no reproduzca desigualdades, sino que las confronte: cerrando brechas, desmontando estigmas y construyendo políticas que partan de las diferencias para garantizar justicia en el cuidado.

Las condiciones del cáncer se desarrollan en contextos profundamente desiguales, moldeados por determinantes sociales, comerciales y culturales, entre otros, que condicionan el riesgo de enfermar, el acceso a los servicios, la calidad de la atención y los resultados en salud.

En este sentido, la experiencia del cáncer debe entenderse como una vivencia situada, marcada por barreras que continúan reproduciéndose en los sistemas de salud y que amplifican las diferencias entre personas y grupos sociales.

El “único” que convoca la campaña no puede desligarse del imperativo de romper esas barreras que profundizan las inequidades en cáncer.

La evidencia científica ha documentado que las desigualdades en la atención del cáncer persisten a lo largo de todo el continuum de la enfermedad, desde la prevención y el diagnóstico temprano hasta el tratamiento, la supervivencia y los cuidados paliativos.

Un análisis reciente expone que las inequidades no responden únicamente a diferencias biológicas, sino que están estrechamente vinculadas a otros factores sociales como el nivel socioeconómico, el territorio, el acceso a servicios especializados y la organización de los sistemas de salud, generando brechas evitables en resultados oncológicos entre poblaciones.

Tales desigualdades, constituyen un problema estructural que interpela la gobernanza del cáncer y la capacidad de los Estados para garantizar el derecho a la salud.

Dentro de las barreras que profundizan las desigualdades en cáncer, hay que mencionar que comienzan incluso antes del contacto con los servicios de salud. La investigación oncológica ha incorporado de manera limitada las variables de sexo y género en el diseño, el análisis e interpretación de los estudios.

Aunque se indica que ha aumentado la participación de mujeres en la investigación, persiste una baja integración sistemática del enfoque de sexo y género en le producción de conocimiento en cáncer, lo que limita la comprensión de las diferencias e incidencia, progresión, respuesta a los tratamientos y efectos adversos.

Esta omisión, reproduce sesgos que luego se trasladas a la práctica clínica, afectando la pertinencia y equidad en la atención.

En este entramado, el género emerge como un determinante transversal que influye en todas las etapas del proceso oncológico. Existen diferencias sistemáticas entre hombres, mujeres y personas de identidad de género diversa a lo largo de todo el continuum de atención del cáncer.

Estas diferencias se expresan en el estadío de la enfermedad al momento del diagnóstico, el acceso oportuno a terapias, la continuidad de los tratamientos y los resultados de supervivencia. Vera señala que las desigualdades por sexo se manifiestan de manera consistente en el diagnóstico, el tratamiento y el pronóstico de múltiples tipos de cáncer, advierte además que la histórica subrepresentación de mujeres en ensayos clínicos ha limitado el desarrollo de enfoques terapéuticos verdaderamente equitativos.

Adicional a ello, la literatura ha comenzado a visibilizar las desigualdades que enfrentan las personas transgénero y de género diverso a lo largo del continuo.

Se presentan barreras persistentes en el acceso al tamizaje, diagnósticos más tardíos, menor probabilidad de recibir tratamientos adecuados y mayores dificultades durante la etapa de supervivencia, evidenciando vacíos significativos tanto en la investigación como en la prestación de servicios de salud.

Estos hallazgos ponen de relieve que un enfoque de género en cáncer no puede limitarse a la dicotomía hombre – mujer, sino que debe reconocer la diversidad de identidades y experiencias.

En el caso de las mujeres, las inequidades de género se manifiestan de forma particular. A pesar de los avances normativos y programáticos, persisten los diagnósticos tardíos, barreras de acceso a servicios especializados, discontinuidad en la atención, especialmente en contextos de pobreza, ruralidad o informalidad laboral.

A ello se suma una dimensión frecuentemente invisibilizada: la carga desproporcionada del cuidado. En muchos hogares, las mujeres no solo enfrentan el cáncer como pacientes, sino que asumen simultáneamente el rol de cuidadoras, lo que impacta su adherencia a los tratamientos, su salud mental y su atuonomía económica.

Estas realidades rara vez son consideradas en el diseño de los servicios oncológicos, perpetuando modelos de atención que presuponen disponibilidad de tiempo, recursos y redes de apoyo que no todas las personas tienen.

Las inequidades tampoco desaparecen una vez finalizado el tratamiento. La etapa de supervivencia está atravesada por desigualdades en el acceso a seguimiento, apoyo psicosocial y redes de cuidado.

Las redes de apoyo social influyen de manera significativa en la calidad de vida y en los desenlaces de las personas que han vivido con cáncer, y la evidencia expone que estas redes no están disponibles de manera equitativa para todos los grupos poblacionales.

En este contexto, resulta especialmente relevante señalar que muchas de las redes existentes no han surgido como parte de una respuesta institucional estructurada, sino que han sido conformadas y sostenidas por los propios pacientes, sobrevivientes y sus familias, para hacer frente a las falencias del sistema.

Aunque fundamentales para el acompañamiento y la resiliencia, estas iniciativas también evidencian cómo la carga del cuidado continúa recayendo de manera desigual sobre quienes viven el cáncer, dando lugar a trayectorias de supervivencia marcadas por mayor vulnerabilidad y menor respaldo institucional.

Y a esto, merece la pena sumarle la estigmatización diferencial entre tipos de cáncer, atravesada por el género y las normas sociales. No todos los cánceres ocupan el mismo lugar en el imaginario colectivo ni reciben el mismo nivel de visibilidad, movilización social o respaldo institucional.

Mientras algunos, como el cáncer de mama, han logrado posicionarse con fuerza en la agenda pública global, otros cánceres como el de cuello uterino, continúan cargando estigmas asociados a la sexualidad, la pobreza o la responsabilidad individual.

De manera paralela, los cánceres que afectan a los hombres como el cáncer de próstata o de testículo, enfrentan estigmatizaciones vinculadas a los mandatos de masculinidad, el silencio frente a la enfermedad y el temor a la pérdida de identidad. Estas barreras simbólicas dificultan el diagnóstico oportuno, limitan la búsqueda de atención y refuerzan conductas de postergación del cuidado.

Con algunas de las desigualdades expuestas en el presente escrito, queda claro que “Unidos por lo único”, no es solo un llamado a la empatía, sino una invitación a la acción transformadora. El control integral de la enfermedad exige que, como sociedades nos unamos no solo para reconocer la singularidad de cada historia, sino para derribar las barreras estructurales, sociales, económicas, de género y simbólicas, que amplifican las diferencias y producen la desigualdad.

Aunque en Colombia existe un marco normativo robusto y múltiples políticas que reconocen al cáncer como una prioridad en salud pública, se requiere esfuerzo por cerrar las brechas entre lo establecido y lo vivido por las y los pacientes en el país.

Avanzar en la formulación de la acción implica incorporar los enfoques de género, equidad y estigmatización en la investigación, en los modelos de atención y en la implementación de las políticas existentes.

Cuando el enfoque inclusivo y los determinantes se traslapen del papel a la realidad, será posible reescribir el futuro de la atención del cáncer y construir sistemas de salud más justos, compasivos y alineados con las realidades diversas de quienes enfrentan la enfermedad.

Fuente: Órgano de información del Colegio Médico Colombiano. Epicrisis. Ed. Nº 39 (Marzo-Mayo 2026). ISSN: 2539-505X (En línea). #SaludDignaYA

1 abril, 2026

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